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domingo, 6 de septiembre de 2009

TERCER SERMON SOBRE PENTECOSTES

Por Juan Calvino

En el cual se expone la primera exhortación que San Pedro hizo después que el Espíritu Santo hubo descendido sobre él y sobre los otros apóstoles.

"Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto. Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque estos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: 'Y en los postreros días, dice Dios derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños'" (Hechos 2:13-17).

Lo que San Lucas narró al comienzo de este pasaje es un ejemplo muy notable de la malicia en ingratitud de los hombres. Aquí están los apóstoles, ciertamente conocidos como hombres del campo, e incluso de baja condición, que hablan el lenguaje de diversos pueblos y regiones distantes, y en excelente manera discuten la verdadera religión, proclamando la salvación que es en Jesucristo. Esto debe haber llenado de admiración inclusive a aquellos que escucharon el relato mucho tiempo después; mucho más deberían aquellos que contemplan el hecho allí mismo, y que oyen la declaración con sus propios oídos, ser impulsados a la obediencia correcta en la palabra. Sin embargo, no reconocen las obras de Dios, para magnificar y glorificar a Dios en ellas, sino que por el contrario, se burlan de ellos. Ahora bien, este pecado no solamente existió entonces en el mundo; todavía lo vemos en nuestro tiempo. Porque cada día Dios obra con tal poder que es imposible comprenderlo; sin embargo, de ninguna manera somos impulsados por ello a darle gracias; e incluso por un beneficio tan grande como el de habernos llamado al conocimiento de su evangelio. Pero, por el contrario, ¿acaso no vemos una multitud de derrochones que se burlan cuando habla Dios, y cuya atención a la predicación es la misma que le prestan a las fábulas? Y con esa actitud, ¿acaso están expresando la debida reverencia a la palabra de Dios? Ciertamente, no. Aunque existen muchos de esos bufones, que no se benefician ni con la palabra de Dios ni con sus milagros no por eso debemos escandalizarnos totalmente, sino permanecer firmes, a efectos de no caer en la misma condenación habiendo despreciado las maravillosas obras de Dios, y no habiéndolo honrado como él se lo merece.
Eso es lo que debiéramos notar en primer lugar. Ahora San Lucas agrega que Pedro, en nombre de los apóstoles, demostró que los bufones y despreciadores de Dios estaban muy equivocados al considerar semejante milagro, que hablan visto ante sus ojos, con desprecio y burla, y que el mismo no debía ser atribuido a la ebriedad de la que acusaron a los apóstoles. Pedro dijo: "Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día." Ahora, por medio de esto debemos notar, en primer lugar, que los antiguos tenían otra manera de contar las horas que nosotros; porque tomaban la primer hora a la salida del sol, y siempre contaban doce horas, hasta la puesta del sol, de manera que, conforme los días eran más largos o más cortos, las horas también eran más largas o más cortas. Además, dividían al día en forma también diferente, en cuatro partes, es decir: desde la primera hora hasta el fin de la tercera hora, desde la tercera hasta la sexta, desde seis hasta nueve, desde nueve hasta doce. De manera que la sexta hora del día era el mediodía, y la tercera era alrededor de las ocho o nueve de la mañana, según contamos nosotros.
Ahora venimos al motivo que presenta San Pedro para mostrar que no estaban ebrios, como pensaban los judíos. Es como si hubiera dicho: "Ahora estamos en la tercera hora del día," que es (como he dicho) entre las ocho y nueve de la mañana; "en la vida no ocurre que los hombres se embriaguen a esta hora; ni siquiera los que no asisten al servicio de Dios." Con esto San Pedro denuncia la ebriedad, y demuestra que es vergonzoso cuando un hombre comienza en la mañana a embriagarse. Sin embargo, son más los que no se preocupan, aunque son dados a la ebriedad, de perder la sensibilidad y razón. Algunos no están ebrios por lo que han bebido en la mañana, sino que están tan impregnados de vino que al llegar la noche pareciera que aun durante la mañana no hicieron otra cosa que beber. Otros, por temor a rehusarse de beber comienzan tan temprano en la mañana que durante el resto del día no vuelven a estar sobrios; y entonces el vino los priva de toda inteligencia y razón, de manera que no saben ni cómo andar ni como conducirse. Entonces San Pedro dice: "Estos hombres no están ebrios," demostrando con ello que es algo que desagrada a Dios. Ahora debemos notar aquí que los judíos detestaban la ebriedad, de manera que cuando alguno de ellos era sujeto a caer en embriaguez, consideraban que debía ser a la noche, avergonzados de tener que ser vistos por otros. Con ello vemos que los hombres son más desvergonzados ahora que en aquel tiempo. Porque en aquel entonces buscaban la oscuridad de la noche, pero ahora no tienen escrúpulos de embriagarse en pleno mediodía; y entonces tienen que dormir y fermentar su vino. Aun escuchando el sermón dejan ver en qué condición están; porque no saben cómo permanecer una hora para escuchar la palabra de Dios sin mostrar el efecto de su ebriedad; están tan adormecidos que no aprovechan nada. Pero nadie debería estar demasiado asombrado por esto, porque el vino y la carne sin digerir aun, en los que se han llenado hasta el límite, más que las bestias brutas, hacen que duerman tan profundamente. A veces incluso duermen durante el sermón matutino, aunque aparentemente todavía no deberían haber bebido o comido. Pero con ello demuestran su gusto por la palabra de Dios, porque no sabrían como excusarse viendo que se levantan a la misma hora que otras personas.
Entonces, para venir al asunto que nos ocupa, San Pedro habla conforme a la costumbre de aquel tiempo, diciendo: "A juzgar por la vida común no es cierto que estos hombres estén ebrios, puesto que es la tercera hora del día." Ahora aplica los milagros que habían sido hechos por su doctrina. Porque el Espíritu Santo no fue dado a los apóstoles para ser guardado en secreto tratándose de magnificar las obras de Dios; al contrario, debían ser firmes en llevar constantemente la palabra, y en publicar el evangelio, puesto que nuestro Señor les dio los medios para hacerlo. También vemos que Dios obró poderosamente, y que el hecho de que Dios haya sido predicado a todo el mundo y por un número tan pequeño de personas no procedía de los hombres. Ahora bien, en su predicación San Pedro demuestra una santa osadía del Espíritu de Dios advirtiendo a quienes no la habían recibido en reverencia, que Jesucristo no se manifiesta a aquellos que desprecian sus obras y se burlan de ellas. Además, cuando dice: “Y todos ustedes que habitan en Jerusalén," se dirige en general a nosotros, si bien ello no incluía a ciertas personas, es decir, a aquellos que se habían burlado del milagro. Porque hubo muchos en la compañía de los apóstoles que quedaron grandemente asombrados y que habían venido con reverencia. ¿Por qué es entonces, que San Pedro les atribuye a todos ellos el haberse burlado? Ahora bien, al reprender el pecado de ellos, quiso beneficiar a toda la compañía, y por medio de esta ocasión confirmar tanto más, incluso en los corazones de otros que estuvieron asombrados, una adoración y reverencia por la obra de Dios, echando lejos la opinión y todos los demás pensamientos necios de aquellos bufones. Actualmente aun hablamos de esta manera; porque cuando hay bufones en una compañía, y queremos reprender este pecado, vociferamos contra todos, aunque no todos sean culpables. Sin embargo, los que son culpables deberían ser acusados en sus conciencias; porque tienen suficiente testimonio de su error, sin que nadie proceda contra ellos y presente cargos específicos. No obstante, a veces es necesario que alguien hable más directamente a la gente, y que sean acusados llamándolos por nombre, a efectos de despertar su memoria, usando el ojo y el dedo para señalarles sus faltas; porque de esa manera se avergüenzan más que si son meramente amonestados en público. Pero es una maravilla cuando alguien puede soportar la amonestación por algún pecado, aunque la amonestación sea en público; porque se quieren cubrir, diciendo que si bien puede haber muchas persona culpables del pecado del que se los acusa, ellos pertenecen a los inocentes. Entonces ellos murmuran: ¿Por qué alguien tiene que vociferar contra nosotros? ¿Si esos pecadores existen, es necesario reprender a todos y hablar así en público?" Es así cómo los hombres siempre hallan ocasión para murmurar contra la doctrina, y si bien vemos que pueden haber sido muy pocos los que se burlaron del milagro que aquí se menciona, San Pedro dirige su palabra a todos cuando dice: "Todos ustedes que habitan en Jerusalén; sea notorio entre ustedes que estos hombres no están ebrios como ustedes suponen." Sin embargo, viendo que San Pedro habló de esa manera, no seamos nosotros más sabios que el Espíritu Santo; cuando existe un pecado que no está en todos, no por eso dejemos de hablar a todos, y que mediante este ejemplo, los inocentes sean advertidos a no murmurar, sabiendo que si son exentos de un pecado, cuando alguien los mira muy cuidadosamente los hallará mil veces dignos de ser culpados.
Ahora venimos a lo que San Pedro intenta hacer mediante esta predicación, es decir, intenta llevar a la gente al conocimiento de Jesucristo; porque, en efecto, ese es el propósito para el cual los apóstoles recibieron el don de lenguas. Porque la diversidad de lenguajes era, realmente, un impedimento que cerraba la puerta al evangelio, de manera que sin el conocimiento de lenguas, parecía imposible que el evangelio pudiera ser publicado a través del mundo. Entonces San Pedro dice: "Si ustedes recuerdan la profecía del profeta Joel, la promesa contenida en ella fue cumplida con la venida de Jesucristo. Porque después de que el profeta hizo algunas amenazas, agrega esta promesa, que Dios derramará su Espíritu sobre toda carne." Con lo cual indica que cuando Dios castiga las iniquidades del mundo, no será para hacer desesperar a los elegidos, sino para confirmarlos mediante el ejercicio de las tribulaciones de este mundo, que son enviadas incluso antes a los elegidos que a los rechazados. Es por esto entonces que nuestro Señor no suelta las riendas a su venganza, de modo de no retenerla, a efectos de perdonar a aquellos que tendrán refugio en su bondad y misericordia; porque siempre está cercano a aquellos que verdaderamente le invocan. Ahora bien, el estilo común de los profetas siempre ha sido tal que cuando quieren consolar a los pecadores, los conduce al conocimiento de Jesucristo. Y no es sin causa, porque si Jesucristo es quitado de nosotros, ¿qué hallaríamos en Dios? Hallaríamos en él una altura que derribaría a todas las criaturas; por causa de ella, habiendo llegado a conocernos a nosotros mismos, solamente hallamos pecado y vicio, y para presentarnos ante la majestad de un Juez tan grande solamente entenderemos la justicia y el rigor de su venganza, la cual nos es preparada por causa de nuestras iniquidades. En efecto, ¿qué pasará a aquellos de nosotros que nos exceptuamos del número de los pecadores, diciendo que no hay ninguna necesidad de recurrir al conocimiento de Jesucristo? Sin embargo, vemos la indiferencia que hay en los hombres en este sentido. Es cierto que no dirán abiertamente que no quieren conocer a Jesucristo; pero son muy pocos los que cumplen con su deber buscándole como es debido. De modo que no debe asombrarnos de ninguna manera que los profetas siempre insistan en este asunto de conducimos al conocimiento de Jesucristo; porque él es el único medio de reconciliación con Dios, en lo cual debemos establecer nuestro fundamento. Ahora vemos que, cuando el Espíritu Santo fue derramado tan abundantemente, no fue con ningún otro propósito sino que los hombres que habían sido extraños al conocimiento de Jesucristo, pudieran ser llamados, y todos pudiéramos ser convertidos para ser juntos el pueblo de Dios y recibir a Cristo.
Pero a efectos de tener un entendimiento mejor de este pasaje, debemos exponer lo dicho por el profeta: "Yen los postreros dios, dice Dios, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños." Por medio de esto debemos notar que, si bien el profeta dice que el Santo Espíritu será derramado sobre toda carne, sin embargo, no todos lo recibirán. Como vemos, en efecto, que existen muchos que son privados de él. Sin embargo, Dios nos llama a todos, pero nosotros le resistimos con nuestra ingratitud y malicia. Siempre sigue siendo cierto que nadie viene a él, sino aquel a quien él atrae por medio de su Santo Espíritu. Con ello también se nos significa que, si por fe venimos a Jesucristo, y con auténtica humildad mantenemos la fe recibiremos con tanta abundancia los dones su Espíritu que seremos capacitados para comunicarlos a nuestros vecinos. Así es entonces cómo Jesucristo nos llama a todos en general; sin embargo, es muy necesario que vengamos a él; porque rechazamos este beneficio que nos es presentado. ¿Por qué? Porque nos consideramos indignos del mismo, prefiriendo entregarnos a nuestras vanidades, más que al temor de Dios. Ahora bien, puesto que es cierto que muchos no reciben los dones que les son presentados, si bien son llamados, uno podría preguntar por qué habla así el profeta. Pero él quiso hablar en términos tan generales para mostrar que él los traerá a su conocimiento de todas las condiciones y de todas las edades; también, porque ahora Dios no hace distinción entre judíos y gentiles; porque por su poder el Espíritu Santo obra por medio de todos. Vemos que los judíos fueron, entre todos los demás, los primeros que tuvieron conocimientos del verdadero Dios; y aunque el número de aquellos, entre los judíos, que creyeron haya sido muy pequeño, no obstante, el Espíritu Santo les fue presentado. También los paganos han sido instruidos por la predicación del evangelio. Así es cómo, sin asombrarse, el profeta dijo que Dios ha derramado su Santo Espíritu sobre toda carne. Ahora bien, la doctrina que fue proclamada al comienzo de la predicación del evangelio, provino primero de los judíos, a efectos de que lo dicho por Ezequiel pudiera ser cumplido: "Ríos correrán hasta los confines de la tierra, procedentes de Jerusalén." Con lo cual el profeta quiere indicar que esta diversidad de lenguas nunca podría haber sido entendida si el Espíritu Santo no hubiera sido enviado a los apóstoles para lograr que su doctrina fluyera al mundo entero. De manera entonces, consideremos cómo obró Dios mediante su sabiduría incomprensible, para que su evangelio fuese publicado. Porque si bien los apóstoles habían sido suficientemente instruidos por Jesucristo, no obstante, no dejan de ser toscos hasta haber recibido el Espíritu Santo. Pero cuando lo reciben, véanlos, convertidos de hombres pobres e ignorantes, en grandes eruditos, de manera que tienen conocimiento de diversidad de lenguajes, que constituían un impedimento para la publicación del evangelio. De manera que no es sin causa que el profeta Joel diga que Dios derramó de su Espíritu sobre toda carne.
Además debemos notar bien el pasaje donde dice que viejos y jóvenes profetizarán. Con ello indica que viejos y jóvenes, todos participarán del don del Espíritu Santo. No debemos tratar de saltear el conocimiento de la exposición de este texto, cuando el profeta dijo: "toda carne"; porque el mismo texto muestra suficientemente la intención del mismo. Además, cuando dice que los jóvenes profetizarán está hablando conforme a la costumbre de su tiempo; porque Dios usó de estos dos medios para con sus siervos, es decir, (1) la visión o (2) el sueño; como está escrito en el capitulo doce de Números, se mostrará a los profetas por medio de la visión, y les hablará en sueños, pero en cuanto a su siervo Moisés dice que le hablará cara a cara. Sin embargo, alguien podría alegar que la doctrina no estaba bajo la ley como lo está ahora, y que, si Dios se manifestó a sí mismo a los profetas del Antiguo Testamento, a nosotros no se muestra así ahora. A efectos de responder tenemos que notar que, si bien el profeta usa estos términos, es únicamente para acomodarse a su propio tiempo, y para no decir que nosotros no hemos de tener una medida mayor de conocimiento. Porque en el Antiguo Testamento la verdad no nos es declarada tan abiertamente como ahora a través de Jesucristo. Porque en lugar de los sacrificios ordenados por Dios en la antigua ley, para que fuesen tipos y sombras que él necesitaba repetir con frecuencia para mostrar que solamente por medio del Mediador tienen los hombres acceso a Dios, ahora tenemos al Mediador en persona, que mediante su sacrificio único cumplió de una vez para siempre con todas los requisitos. Y nosotros ahora no tenemos que hacer sacrificio alguno de expiación y satisfacción por nuestros pecados, sino que hemos de rendir a Dios sacrificios de alabanza; y por medio de nuestro Señor Jesucristo él está satisfecho con este sacrificio. Y aunque en la Escritura diga que a la venida de Jesucristo el mundo entero preparará altares para hacer sacrificios a Dios, nosotros, no obstante, tenemos que dejar el tipo y habitar en la verdad. Porque así como el altar era la señal de la adoración que debe ser dada a Dios, cuando dice que él hará sacrificio a través del mundo entero, lo que se quiere decir es que Dios será adorado universalmente. Es cierto que el Papa y todos los suyos quieren deducir de este pasaje que los sacrificios tienen que ser hechos. Y cuando quieren aprobar su misa, presentan como testimonio esta Escritura. Pero si fuera cierto lo que ellos hacen creer a la gente, tendríamos que deducir que Jesucristo todavía no ha aparecido, y que su reino no ha venido en absoluto. Pero se ve lo contrario. Y silos profetas han hablado de esa manera, es para indicar que Dios será adorado universalmente en espíritu y en verdad, sin depender más de los tipos. Además tenemos que notar que aquí la palabra profecía no es tomada por el profeta en el sentido de declarar cosas venideras, uso que se le daba antes, en cambio quiere decir que aquel que tiene el don de profecía enseñará y aplicará la doctrina, a efectos de que seamos guiados al conocimiento de la verdad y para que sepamos cómo aprovechar de ella. De manera entonces, la promesa de la venida de Jesucristo contiene esto: que los hombres podrán tener un conocimiento mayor de las cosas divinas del que tenían antes. En efecto, San Pablo lo llama una sabiduría de Dios debajo de la cual todas las cosas debieran humillarse. Ahora tenemos que hacer de todas estas cosas una conclusión sumaria: que así como nuestro Dios, enviando al mundo a su Hijo Jesucristo, quiso aseguramos más expresamente de nuestra salvación, así también, enviando a su Espíritu Santo, nos hizo, más que nunca, partícipes de sus gracias.
Luego el profeta Joel agrega en este pasaje: "Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre."6 Con estas palabras indica que al manifestarse Jesucristo tienen que ocurrir cosas grandes y maravillosas. ¿Y por qué? Porque el mundo experimenta un cambio. Todos aquellos que quisieran seguir a Jesucristo tienen que cambiar totalmente su forma natural de ser. Es por eso también que el tiempo de la venida de Jesucristo es llamado "el tiempo final." Además, esto no se dice de un día o de un mes, sino que el profeta aplica todo lo dicho aquí al tiempo entre la venida de Jesucristo y el juicio final; y tenemos que incluir los milagros que serán hechos a la venida de Jesucristo en el tiempo comprendido entre su venida y el día final. En efecto, cuanto más avancemos, más será hecho, lo cual también experimentamos cada día. Ahora bien, puesto que comprendemos el sentido de profeta, ahora tenemos que tratar de aplicarlo a nuestro uso. En primer lugar, cuando dice que Dios derramará su Espíritu sobre toda carne, hay que notar que el mayor beneficio que podemos tener es el de ser partícipes de los dones de su Santo Espíritu. Y es el más excelente de los dones que Dios ofrece a los hombres; en comparación con él toda la liberalidad que El muestra por medio de las cosas terrenales, no es nada. Porque cuando somos privados de este don, Jesucristo es quitado de nosotros, y mientras no seamos vestidos de Cristo, todo cuanto hacemos es para nuestra condenación. Dios también afirma que no podemos ser hijos suyos hasta no haber sido lavados por su Espíritu Santo. Ahora bien, si no somos sus hijos, no somos partícipes, en absoluto, de la comunicación de Jesucristo. Porque, si bien Dios nos presenta sus dones, no obstante, Jesucristo no es nada para nosotros hasta que no hayamos recibido el Espíritu Santo. Deduzcamos entonces, por medio de esto, que hasta no ser partícipes del Espíritu Santo, estamos perdidos y somos rechazados; porque es él quien nos santifica y quien nos convierte en santos delante de Dios. De manera entonces, hasta que él nos haya llamado a su presencia, por medio del conocimiento de su Santa Escritura (conocimiento que no podemos tener excepto por el don del Espíritu), para elevar nuestros espíritus, estamos detenidos en la tierra como en una tumba: Así dice San Pablo: "Los que han recibido el Espíritu Santo, y que andan conforme a la voluntad de Dios la cual nos es declarada por medio de su palabra, aquellos, digo, son hijos de Dios; pero son hijos del diablo aquellos que siguiendo sus deseos carnales están dados nada más que a voluptuosidad." Es por eso entonces que el conocimiento de la verdad de Dios nos es necesario, si queremos pertenecer al número de los hijos suyos.
Además, no debemos excusarnos si no recibimos sus dones; porque él nos los ofrece; pero nosotros somos tan miserables que rechazamos el don que él está dispuesto a ofrecernos. De esta manera es manifestada la bondad de Dios hacia los hombres, en efecto, a pesar de que ellos siempre están luchando contra su voluntad, él, no obstante no deja de presentarse a nosotros, tal como lo dice aquí el profeta: "Jóvenes y ancianos, hombres y mujeres todos recibirán el mismo espíritu." Es a efectos de que nadie pueda argumentar de esta manera: "Ah, pero yo no soy estudiante, por lo tanto no puedo entender lo que dice en las escrituras, para recibir el Espíritu Santo." Ciertamente, ¿acaso ha prometido Dios solamente a los eruditos el don de su Espíritu Santo, sin distribuirlo también a otros? Ahora bien, es un abuso presentar semejantes excusas. Entonces, viendo que Dios es tan liberal que no quiere excluir ni edad ni sexo de la recepción de su Espíritu Santo, ¿acaso no somos muy miserables alejándonos cuando él se acerca a nosotros? En efecto, aquí se habla de la profecía que tiene que ser cumplida a la venida de Jesucristo. Entonces, puesto que es cierto que él reina en el día de hoy, es preciso que ello es muy cierto. Y, ay de nosotros, puesto que lo dicho nos ha sido abierto tan claramente, si hacemos otra cosa que cumplir con nuestro deber de andar en el temor de Dios, y de recibir los dones que nos son presentados por él. Ya he dicho que ninguno es exceptuado, pero somos tan malvados que no podemos aceptar lo que nos es dado. ¿Y cuál es la causa de ello? Nuestra infidelidad. Y sin embargo, es un pecado inexcusable, tanto en jóvenes como en ancianos, cuando no quieren ponerse bajo la obediencia de Dios, viendo que todos son llamados por él. Y no tenemos que asombrarnos cuando es evidente que la enseñanza les aprovecha tan poco. Porque, considerándolo, los ancianos serán tan obstinados y arraigados en su mal, que nadie sabe cómo argumentar provechosamente con ellos. Los jóvenes son descarriados como diablos, y si uno argumenta con ellos, se ponen tan furiosos que dan la impresión de querer arruinar a Dios, a su palabra, y a aquellos que la llevan. Ahora bien, Jesucristo, que es la sabiduría, la dulzura y amabilidad del Padre, no quiere tener comunicación con semejantes zorros y leones, y cuando uno les muestra que tiene que humillarse bajo la poderosa mano de Dios, para que puedan saber que tienen un Padre en el cielo, que se ocupará, no solamente del alimento corporal, sino que también los protegerá y los gobernará por medio de su Espíritu Santo, ellos de ninguna manera se someterán, sino que quieren tener libertad a efectos de tener plena licencia para hacer el mal.
Ahora, puesto que el tiempo no nos permite hablar más de esto dejaremos el resto hasta el siguiente día del Señor. Y puesto que no vamos a reconocernos aceptables a Dios, excepto por medio de nuestro Señor Jesucristo, inclinémonos en humilde reverencia ante su rostro en el nombre de Cristo.
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TERCER SERMÓN SOBRE LA PASIÓN DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Por: Juan Calvino

"Pero uno de los que estaban con Jesús, extendiendo la mano, sacó su espada, e hiriendo a un siervo del sumo sacerdote, le quitó la oreja. Entonces Jesús dijo: Vuelve tu espada a su lugar; porque todos los que tomen espada, a espada perecerán. ¿Acaso piensan que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles? ¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga? En aquella hora dijo Jesús a la gente: ¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñado en el templo, y no me prendisteis. Mas todo esto sucede, para que se cumplan las Escrituras de los profetas. Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron. Los que prendieron a Jesús le llevaron al sumo sacerdote Caifás, adonde estaban reunidos los escribas y los ancianos. Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin. Y los principales sacerdotes y los ancianos y todo el concilio, buscaban falso testimonio contra Jesús, para entregarle a la muerte, y no lo hallaron, aunque muchos testigos falsos se presentaban. Pero al fin vinieron dos testigos falsos, que dijeron: Este dijo: Puesto derribar el templo de Dios, y en tres días reedificarlo. Y levantándose el sumo sacerdote, le dijo: ¿No respondes nada? ¿Qué testifican éstos contra ti? Mas Jesús callaba. Entonces el sumo sacerdote le dijo: Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo el Hijo de Dios. Jesús le dijo: Tú lo has dicho; y además os digo que desde ahora veréis al Hijo del 1lombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras, diciendo: ¡Ha blasfemado! ,¿Qué más necesidad tenemos de testigos? He aquí, ahora mismo habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece? Y respondiendo ellos, dijeron: ¡Es reo de muerte!" (Mateo 26:51 66).

Si quisiéramos juzgar superficialmente, de acuerdo a nuestros sentidos naturales la captura de nuestro Señor Jesucristo, nos perturbaría el hecho de que ni haya ofrecido resistencia. Aparentemente el sufrir semejante vergüenza y desgracia sin impedirlo era inconsistente con su majestad. Por otra parte premiaríamos el celo de Pedro puesto que se expuso a la muerte. Porque él vio la gran multitud de enemigos. Estaba sólo y era un hombre carente de experiencia con las armas. Sin embargo, por el amor que tiene hacia su Señor, desenvaina la espada y prefiere morir en el campo antes que permitir semejante injuria a su Señor. Pero en esto vemos que tenemos que venir con toda humildad modestia para comprender adónde conducía todo lo que el Hijo de Dios estaba sufriendo; debemos comprender que aquello que nos parece bueno no tiene valor al alguno; y debemos orar a Dios que nos conduzca y guíe por medio de su palabra y que nosotros no juzguemos excepto de acuerdo a lo que él nos haya mostrado. Porque es así que el Evangelio se convierte en un escándalo para muchas personas. Otros se burlan de él, y todo para perdición de ellos, Es que ellos se inflan de presunción y son jueces superficiales. Pero, a efectos de no ser engañados siempre y en primer lugar tenemos que volver a lo que declara nuestro Señor Jesús. Esta es la voluntad de Dios su Padre. Este es un asunto. Luego tenemos que considerar el fin de aquello que nos pueda parecer extraño. Entonces, cuando tengamos estas dos consideraciones, habrá ocasión para adorar a Dios sabiendo que lo que aparentemente es necio de acuerdo a los hombres, es inclusive para los ángeles sabiduría admirable.

Pero para llegar a eso consideremos lo que se dice aquí de Pedro. Dice que, habiendo desenvainado su espada cortó la oreja de Malco, un siervo de Caifás." Aquí vemos cómo los hombres son demasiado osados cuando siguen sus necias opiniones. Luego son tan ciegos que no se cuidan, cualesquiera sean las condiciones. Pero cuando deben obedecer a Dios son tan cobardes que dan lástima. Incluso se enajenan de tal manera que no cuesta nada apartarlos. De esa manera siempre tendremos cien veces más coraje para seguir nuestras necias fantasías que para hacer lo que Dios nos manda y para hacer lo que nuestro llamamiento implica. En el ejemplo de Pedro vemos demasiado de ello. Porque habiendo demostrado su confesión y testimonio a favor de nuestro Señor Jesús, procede a blasfemar para su propia perdición. Sin embargo, está dispuesto a morir, aun cuando no se lo han mandado. ¿Qué lo impulsa a desenvainar su espada? Lo hace como por capricho. Porque no había recibido ninguna instrucción al respecto de su Señor. Y cuando renunciaba a Jesucristo, ¿acaso no conocía ya las palabras: "El que me negare delante de los hombres, yo le negaré delante de Dios mi Padre que está en los cielos?" Pero (como ya he dicho) Pedro es testarudo(1). Este deseo necio de defender a nuestro Señor Jesús a su propia manera, y conforme a su fantasía lo arrastra. Ahora, mediante su ejemplo aprendamos a ejercitarnos a ir adónde Dios nos llama. Que nada de lo que él nos manda nos resulte demasiado difícil. Y que no intentemos hacer nada, de no mover ni siquiera el meñique, a menos que Dios lo apruebe y que tengamos testimonio de que es él quien nos guía. Este es un asunto.

En efecto, en primer lugar nuestro Señor Jesús le muestra que ha cometido una ofensa grave, porque no ignoraba la ley, donde dice: "La sangre de aquel que derrama sangre humana, será derramada." Entonces, San Pedro tenía que haber recordado esta lección, de que Dios no quiere que se use fuerza o violencia. Y (lo que es más) ¿en qué escuela había sido alimentado durante más de tres años? ¿caso nuestro Señor Jesús no había practicado, tanto como le era posible, la humanidad y gentileza?(2) ¿De dónde entonces, espera obtener aprobación para su Osadía? Además tenemos que recordar lo que ya hemos dicho. Es decir, si nuestro celo es estimado por los hombres y se nos aplaude, en esa misma medida no dejaremos de ser condenados delante de Dios, aunque transgredamos tan levemente su palabra. Entonces no hay alabanza excepto en andar como Dios no, lo muestra por medio de su palabra. Porque tan pronto una persona transgrede de esta línea, todas sus virtudes hieden. Así es con todas nuestras devociones. Tan pronto hemos trabajado para hacer lo que hemos imaginado en nuestra mente, Dios lo condena todo, a menos que hayamos oído su palabra. Porque aparte de ella no hay verdad que él apruebe y que sea legítima en su presencia.

Pero en cuanto a lo que estamos tratando ahora, la segunda razón presentada por nuestro Señor Jesucristo es más digna de atención. Las cosas que hemos tratado son en general. Pero aquí hay una expresión que es peculiar a la muerte, pasión de nuestro Señor Jesucristo, es cuando dice: "¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?" Ahora, en aquel tiempo una legión normalmente estaba compuesta por cuatro o cinco mil hombres. "Entonces, hay un ejército celestial que puedo tener," dice Jesús, "y sin embargo, me conduzco sin él. Y entonces, ¿por qué vienes tú aquí para usurpar más de lo que Dios quiere o permite?" Ahora, ciertamente está permitido invocar a Dios y orar que él quiera sostener nuestra vida; y que así como la considera preciosa, quiera guardarla bajo su protección. nuestro Señor Jesús declara que ahora no lo quiere y que no debería hacerlo. Entonces, ¿cómo va a usar la violencia Pedro, viendo que está fuera del orden que Dios ha permitido y establecido por su palabra? Si algún medio es permisible en sí mismo no debe ser utilizado, ¿cómo distinguir entre lo que Dios ha defendido y lo que ha declarado digno de castigo? Aquí (como ya lo he mencionado) vemos cómo el Hijo de Dios se sujetó a tales vergüenzas y que prefirió dejarse tomar y ser atado como un malhechor y criminal antes que ser un mentiroso mediante milagro, y que Dios utilizara su brazo para protegerlo(3). En ello tenemos que reconocer cuánto valor le adjudicó a nuestra salvación. Aquí hay un punto que ya he destacado, es decir, que él nos refiere a la voluntad y al decreto de Dios su Padre. Porque si no fuera por ello a uno le parecería extraño que no quisiera implorar la ayuda de su Padre; y seguramente sabía que podía tenerla. Parecería que tienta a Dios cuando no ora en absoluto. Tenemos la promesa de que los ángeles rodean a los que temen a Dios, que incluso los seguirán para evitar que se lastimen, y para que no tengan que encontrar ningún mal en sus caminos(4). Ahora, cuando Dios nos ha prometido algo, él quiere que nos invite a orar. Sin embargo, cuando estamos en necesidad debiéramos ir corriendo a él a efectos de que él pueda usar sus ángeles para guiarnos, porque para eso les ha dado este oficio. También vemos que esto fue practicado por los santos Patriarcas(5) y los Padres. "El ángel del Señor que nunca me ha fallado estará contigo en tu camino y te hará prosperar," dijo Abraham(6). Ese entonces fue el uso que le dieron los santos Padres. ¿Por qué entonces no quiso Jesucristo tener a los ángeles? Porque ya había sido confortado (como lo menciona San Lucas) y los ángeles(7) le habían servido para suavizar la angustia en que se encontraba.

Entonces pareciera que desprecia una ayuda necesaria de parte de Dios. Pero Jesús lo tiene en cuenta cuando agrega: "¿Cómo se cumplirán las Escrituras?" Como si dijera: "Si dudamos de algo, podemos y debemos orar a Dios para que pueda miramos con piedad y para que nos haga sentir su poder por todos los medios. Pero cuando estamos convencidos de que tiene que pasar por alguna necesidad, y cuando la voluntad de Dios nos es conocida, entonces ya no es cuestión de elevarle otras súplicas, excepto que él nos fortalezca en su poder, y en constancia invencible, y que no nos quejemos de nada, o que no seamos extraviados por nuestros sentimientos; sino que con ánimo dispuesto atravesemos todo aquello a lo cual pueda llamarnos." Por ejemplo, cuando somos perseguidos por nuestros enemigos y no sabemos lo que Dios tiene preparado para nosotros, o cuál será el resultado, entonces tenemos que orar a él como si nuestra vida le fuera preciosa, y puesto que él la tiene bajo su protección, que lo demuestre por el resultado y que nos libere. Pero cuando estamos persuadidos de que Dios quiere llamamos a su presencia, y que ya no hay ningún remedio, entonces tenemos que dejar toda disputa y entregarnos totalmente convencidos de que ya no queda nada sino obedecer el decreto de Dios que es inmutable.(8)

Esa es, entonces, la intención de nuestro Señor Jesús. Porque ciertamente oró a lo largo de toda su vida, y aun previamente a este gran combate que sostuvo. Jesús ora a Dios que si es posible esta copa pase de él. Pero ahora ha llegado a su conclusión, porque así le había sido ordenado por Dios su Padre y comprendía que tenía que cumplir con lo que le había sido encomendado, es decir, de ofrecer el sacrificio perpetuo para borrar los pecados del mundo. Puesto entonces que se vio a sí mismo llamado a ese lugar, y puesto que era un asunto decidido, es por eso que se abstiene de orar a Dios en sentido contrario. Entonces no quiere ser ayudado ni por los ángeles ni por los hombres. No quiere que Dios le haga sentir su poder para apartarse de la muerte. En cambio le era suficiente tener este espíritu de constancia, para poder tener la capacidad de ir por voluntad propia para cumplir su oficio. Es eso lo que le satisface.

Ahora, cuando en primer lugar vemos que la voluntad de Dios debiera frenamos y mantenemos en límites de manera que, cuando las cosas nos parezcan salvajes Y contra toda razón, sepamos valorar más lo que Dios ha ordenado que lo que puede comprender nuestra mente. Es decir que nuestras fantasías debieran ser holladas cuando sentimos que Dios ha probado otra cosa. Es parte de la obediencia de nuestra fe el considerar que Dios es sabio, de manera de tener la autoridad para hacer todo lo que le place. Si tenemos razones para hacer lo opuesto, sepamos que no es sino humo y vanidad y que Dios sabe todo, y que nada le es oculto, y que es su voluntad la norma de toda sabiduría y de toda rectitud. Además, lo que nuestro espíritu(9) argumenta en sentido opuesto, proviene de nuestra rudeza. Porque sabemos que la sabiduría de Dios es infinita y que escasamente tenemos tres gotas de sentido. Entonces no tenemos motivos para asombramos cuando los hombres se espantan viendo que Dios no se conduce de acuerdo a los apetitos de ellos. ¿Y por qué no? Porque somos unos pobres necios. En efecto, sólo hay brutalidad en nosotros por mucho que nuestros sentidos y razonamientos gobiernen. Pero, puesto que no entendemos toda la profundidad de los juicios de Dios, aprendamos a adorar lo que está oculto y de adorarlo (digo) en humildad y reverencia, confesando que todo lo que Dios hace es justo y recto, aunque todavía no lo percibamos. Este es un asunto.

Siguiendo esto, y puesto que es así que Dios quiso que su Hijo fuese expuesto de esa manera a la muerte, no nos avergoncemos nosotros de lo que él soportó. No pensemos que hombres malvados tenían el control en sus manos que el Hijo de Dios no tenía los medios para defenderse. Porque cada cosa procedía de la voluntad de Dios y del decreto inmutable que él había dado. Es por eso también que en San Lucas nuestro Señor Jesús dice: "Ciertamente, este es ahora el reino de ustedes, y el poder de las tinieblas.(10)" Como si dijera: "No se gloríen en lo que están haciendo, porque vuestro señor es el diablo." De todos modos les demuestra que es por el permiso que Dios les dio. Aunque el diablo los poseía, sin embargo, ni ellos ni él tenían la facultad de emprender algo si Dios no les hubiera soltado las riendas. En resumen, esa es la forma en que debemos tener nuestros ojos y nuestros sentidos fijados en la voluntad de Dios, y en su plan eterno, cuando se nos habla de la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo(11). Ahora Jesús declara que esa es la voluntad de Dios, porque así está escrito. Porque si Jesucristo no hubiese tenido testimonio de lo que había sido ordenado por Dios su Padre, aun podía haber tenido dudas. Pero Jesús conocía su oficio. Dios no lo había enviado aquí abajo para que no se diese enteramente a esta expresa misión. Es cierto, puesto que nuestro Señor Jesús es el Dios eterno, no le hacía falta ser enseñado por ninguna Escritura; pero, puesto que él es nuestro Redentor, y que se vistió con nuestra naturaleza para tener auténtica hermandad con nosotros, era necesario que fuese instruido por la Santa Escritura como también vemos, sobre todas las cosas, que no rehusó tal instrucción.

De manera entonces, puesto que Dios le había mostrado a qué había sido llamado, es que se apoya en ese llamamiento. Por eso es prendido como un cautivo, a efectos de no volver atrás sabiendo que tenía que cumplir(12) con la misión que le había sido encomendada, es decir, de ofrecerse a sí mismo en sacrificio para la redención de todos nosotros.(13) De manera entonces, tenemos que aprender que, siendo la voluntad un secreto para él mismo e incomprensible, tenemos que recurrir a la Santa Escritura. Es cierto que Dios no deja de tener su consejo bien ordenado por cosas que nosotros asignamos(14) a la casualidad. Pero ello no nos es declarado. No siempre tendremos una revelación especial para decir que Dios ha determinado esto o aquello. Por lo tanto no tenemos que abrir juicio. Es por eso que oramos a Dios que quiera sanarnos de una enfermedad o librarnos de alguna otra aflicción cuando hemos caído en él. ¿Y por qué? No sabemos lo que él quiere hacer. Ciertamente, no debiéramos imponerle una ley. Siempre debiera agregarse esta condición: Que su voluntad sea hecha. Pero todas nuestras oraciones deben conducir a esto: Pedirle que pueda conocernos como necesarios y útiles, y que entre tanto podamos referir todo a él en su consejo secreto, para que él haga lo que le parezca bien. Pero cuando por la Santa Escritura tenemos testimonio de que Dios quiere cierta cosa, es inapropiado ofrecer réplicas, tal como ya lo he dicho.

Aquí se nos convence aun más en cuanto a la persona de nuestro Señor Jesucristo, de que fue cruelmente afligido y tratado con tal vergüenza y soberbia, con abusivo desprecio, no sólo por el deseo de hombres malvados y carentes de ley, sino porque Dios lo había decretado. ¿Y cómo lo sabemos? Por la Santa Escritura. Porque, ¿acaso no se habían ordenado los sacrificios en la Ley dos mil años antes del nacimiento de Jesucristo? Y antes que la Ley fuese dada o escrita, ¿acaso no había inspirado Dios y enseñado a los Padres Antiguos a realizar sacrificios? ¿Y pudo la sangre de las bestias brutas adquirir remisión de pecados? ¿Podía ella entregar a los hombres aceptables delante de Dios? De ninguna manera,(15) pero era para mostrar que Dios sería reconciliado por la sangre del Redentor que él había establecido. Luego ofrece explícito testimonio y lo declara a través de las Escrituras. En efecto, vemos que los profetas hablaron de él, y él también hace referencia especial a ellos. Cuando Isaías dijo que aquel que sería el Redentor, sería desfigurado, que sería considerado como desdeñable, que no tendría forma o no más belleza que una víbora, que sería golpeado y molido por la mano de Dios, que presentaría un aspecto terrible, en resumen, que le quitarían la vida, mediante qué poder lo profetizó, ¿acaso Dios no puede resistir a Satanás o a todos los hombres malvados? No, sino que por boca de Isaías declaró todo lo que había previamente ordenado. En Daniel hay una expresión aun mayor. Entonces, siendo que esto es así, que Dios había declarado que su único Hijo tenía que ser sacrificado para nuestra redención y salvación, ahora estamos más convencidos de lo que he dicho antes, esto es, que siempre tenemos que contemplar la mano de Dios señoreando cuando vemos que nuestro Señor Jesús es sujetado a cosas tan vergonzosas a mano de los hombres. Es por eso también que San Pedro dice en Hechos 4:27 que Judas y todos los judíos y la guardia y Pilato no hicieron, sino aquello que el consejo y la mano de Dios habían determinado, lo cual será declarado aun más extensamente.(16) Entonces es aquí donde tenemos que mirar si no queremos ser turbados por nuestras fantasías necias. Es que Dios envió a su único Hijo aquí abajo, a efectos de aceptar la obediencia cuando él la ofreciera en su muerte y pasión para abolir todas nuestras faltas e iniquidades.

Ahora, el segundo punto que he mencionado es el beneficio(17) que vuelve hacia nosotros procedente del sufrimiento de nuestro Señor Jesús. Porque si no conociéramos el por qué ello nos privaría el sabor de lo que aquí se nos narra, pero cuando dice aquí que Jesús fue sujetado y atado para nuestra liberación, entonces ciertamente vemos cuál es nuestra condición por naturaleza, es decir, que Satanás nos mantiene bajo la tiranía del pecado y la muerte, que somos esclavos, de manera que en vez de ser creados en la imagen de Dios sólo hay total corrupción en nosotros; vemos que somos malditos, y que somos arrastrados como pobres bestias a esta maldita cautividad. Entonces, cuando por otra parte conocemos y vemos esto, de que el Hijo de Dios no se rehusó a ser vergonzosamente atado para que las ligaduras del pecado y de la muerte, que nos mantienen bajo la servidumbre de Satanás, sean rotas, entonces tenemos que glorificar a Dios, tenemos que proclamar triunfo a toda voz en la muerte y pasión de nuestro Señor Jesucristo y en la captura que aquí se menciona. Entonces, esto es lo que tenemos que recordar de este pasaje.

Luego el evangelista dice que nuestro Señor Jesús sanó al siervo que había sido herido por Pedro. No porque fuera digno de ello, sino para que la ofensa pudiera ser removida. Porque habría sido para difamar la doctrina del evangelio y la redención de nuestro Señor Jesucristo si la herida hubiera permanecido de manera que se hubiera podido decir que Jesús resistió al gobernador de la nación y a todos los sacerdotes, y que en este lugar solitario realmente delinquió. ("Redención de nuestro Señor Jesucristo" llamo a lo que él adquirió para nosotros). Entonces ello podía haber oscurecido toda la gloria del Hijo de Dios, y habría sido para poner en vergüenza perpetua el evangelio. Veamos también que esta conducta de Pedro provenía de un celo de Satanás. Porque el diablo se proponía presentar como infame a Jesucristo con toda su doctrina. Esa es también la tendencia de todas nuestras hermosas devociones cuando queremos servir a Dios conforme a nuestro deseo y cuando cada uno es dado a hacer lo que cree ser bueno. Entonces, Jesucristo quiso abolir semejante escándalo para que su doctrina no pudiera ser difamada de ninguna manera.

Sin embargo, vemos aquí una ingratitud detestable en aquellos que no fueron movidos por semejante milagro. Allí está la guardia que viene para atar a nuestro Señor Jesucristo. Ven que en él obra de tantas formas el poder del Espíritu de Dios. Poco antes los hizo caer con una sola palabra. Ahora sana a un hombre que tiene la oreja cortada. Pero todo ello no les significa nada. Entonces vemos cómo, una vez que el diablo los ha embrujado y ha mareado sus ojos, que ni las gracias de Dios ni todo su poder los puede tocar, para que no pueda seguir andando siempre en sus obras y metiendo por así decirlo sus hocicos de cerdo en todas partes. No importa lo que Dios haga, no importa lo que diga, ellos siguen siempre en su obstinación lo cual es algo horrible. Ciertamente, tenemos que orar entonces a Dios para que pueda damos prudencia para aprovechar de todas sus gracias a efectos de ser atraídos por su amor, y de ser tocados también cuando levanta su mano para mostramos que es nuestro Juez de manera que seamos atemorizados y volvamos verdaderamente arrepentidos. Esto es entonces, en resumen, lo que tenemos que recordar.

Cualquiera sea el posible significado, el hecho es que las bocas de los hombres malvados fueron cerradas cuando Jesucristo sanó al siervo de Caifás. Luego dice: Jesús es llevado a la casa de Caifás donde es interrogado," etc. A efectos de abreviar omitimos lo que San Juan dice de Anás, el suegro de Caifás; quizá es por respeto que Jesús es llevado allá, o quizá quedaba de paso mientras esperaban que todos se reúnan. Entonces, Jesús es llevado hasta la casa de Caifás y allá es interrogado. En forma especial dice: En todas partes los sacerdotes buscaban testigos falsos, pero sin hallarlos. Finalmente se presentaron dos testigos falsos y dijeron: “El dijo que reconstruiría el templo en tres días,”Aquí vemos cómo Jesucristo fue acusado. No es que los sacerdotes hayan sido movidos por algún santo celo. Muchas veces aquellos que persiguen a personas inocentes imaginan que están haciendo un servicio aceptable a Dios, como en efecto lo vemos en San Pablo, quien, posesionado por semejante furia, en realidad se convirtió en su salteador de caminos (así se lo llama) ocasionando más ruina y destrucción. Aun así creía ser un buen celote. Pero no fue así con Caifás y sus secuaces. Porque, ¿qué querían ellos sino oprimir injustamente a Jesucristo? De esa manera vemos que su ambición los llevó a luchar abiertamente contra Dios, lo cual es algo terrible. Porque en cuanto a Caifás y toda su banda, ellos son hijos de Leví, de linaje santo que Dios había escogido. No fue por medio de hombres que ellos fueron elegidos, sino que Dios lo había ordenado así por medio de la ley. Es cierto que existía una corrupción villana y enorme, puesto que también en aquel tiempo el oficio de sacerdote era vendido, y en vez de estar comprometido de por vida (así lo había ordenado Dios) cada uno traía a su compañero y aquel que traía la mayor suma de dinero se llevaba ese puesto de dignidad. Por lo tanto era una corrupción villana y detestable de que intrigas y prácticas ocultas fuesen usadas en un lugar tan honorable. Sin embargo, el Sacerdote siempre permanecía en este linaje de Leví que Dios había dedicado a su servicio. Sin embargo, ¡mírenlos! Todos enemigos de Dios, mírenlos! Todos intoxicados por Satanás en efecto, enfurecidos contra el Redentor del mundo que personificaba el propósito final de la ley.

Notemos entonces que aquellos que están en posiciones altas y dignidad no siempre se desempeñarán con tanta fidelidad que no sea necesario mantener un ojo vigilante sobre ellos, como sobre aquellos que pueden ser enemigos de Dios. En ello uno puede verse la necedad completamente embotada de los papistas al adoptar el título y la condición de sacerdote. Supongan que Dios hubiera mandado la existencia de un Papa (cosa que nunca hizo). Supongan que él tuviera que tener su trono en Roma (menos aún). Aunque todo ello pudiera ser cierto, no obstante, en la persona de Caifás, y en los de su clase, se ve que todos aquel los que han sido elevados a posiciones de honor pueden abusar de su poder. De manera que no seamos tan necios de divertimos con máscaras. Y cuando haya algún título honorable, que Dios no pierda su autoridad sobre el mismo, como vemos en el caso de los papistas que renuncian a las Santas Escrituras en su totalidad y rinden homenaje a sus ídolos. Aprendamos, entonces, que Dios no tiene que ser disminuido a la sombra de alguna dignidad humana, sino que tiene que retener su dominio soberano. Ese es un asunto. En cuanto al escándalo que aquí podríamos concebir conforme a nuestra fantasía, notemos lo que dice el Salmo 118 (como también ya había argumentado nuestro Señor Jesús) de que él era la roca que tendría que ser rechazada(18) por los constructores. ¿Y quiénes eran los edificadores de la casa de Dios y de su iglesia? Los sacerdotes. Al menos deberían cumplir con ese oficio. Sin embargo, rechazaron la piedra que Dios había establecido como piedra angular(19). Y esta piedra, si bien pudo haber sido rechazada, sin embargo ha sido colocada en el sitio principal del edificio, es decir que Dios no dejó de cumplir lo que había ordenado mediante su consejo; lo cumplió al levantar de la muerte a su único Hijo y levantándolo a una posición mayor aun que antes de haber sido despojado. Pues toda rodilla tiene que doblarse ante él.

Cuando dice aquí que los sacerdotes buscaban testigos falsos, no era simplemente para tramar un crimen, sino para tener algún pretexto y alguna máscara(20) para cargar y oprimir al Señor Jesús. Es cierto que él había pronunciado estas palabras: "Destruyan este templo y yo lo levantaré en tres días." Entonces, esas fueron las palabras de nuestro Señor Jesús, tal cual salieron de sus labios. Los testigos que se presentan las repiten. Uno podría decir que eran testigos buenos y fieles. Sin embargo, el Espíritu Santo los llama falsos porque hicieron una malvada perversión de dicho comentario. Porque el Señor Jesús hablaba de su cuerpo que es el verdadero templo de la divina majestad. El templo material construido en Jerusalén no era sino una figura. Como sabemos, no fue más que una sombra. Pero, como dice San Pablo, en nuestro Señor Jesucristo hizo su residencia toda la plenitud de la Deidad,(21) ciertamente en forma corporal y en verdadera sustancia. De manera entonces, no miremos simplemente a las palabras de un testigo, sino a la intención de aquel que habla. Esta es una instrucción buena y útil para nosotros porque vemos que la inclinación de los hombres hacia sus obras malas y hacia sus mentiras es tal que cuando tienen con qué ocultarse les es suficiente y creen que de esa manera son absueltos delante de Dios después de haber acusado a una persona inocente. Entonces, que no nos detengamos simplemente ante las palabras o la formalidad o la ceremonia, miremos en cambio la verdadera naturaleza de la causa. Porque, como vemos, los que sostienen no haber presentado otra evidencia excepto lo ocurrido, no dejarán de ser acusados como testigos falsos delante de Dios.

Inmediatamente se agrega que Caifás dijo a Jesucristo: "¿Ahora qué? ¿No nada? ¿No ves a los que testifican contra ti?" Pero Jesús aun permanece totalmente quieto y en silencio recibe todas esas calumnias. A uno le puede parecer extraño que Jesucristo, teniendo suficiente ocasión para rechazar semejante falsedad no la contradiga. Pero (como ya lo he mencionado, y como hemos de ver aun más plenamente) Jesucristo no estaba allí para defender su doctrina como lo había hecho previamente. Entonces, con prudencia debemos distinguir todas las circunstancias. Porque Jesucristo, habiendo ayunado en el desierto, fue enviado por Dios su Padre, para publicar la doctrina del evangelio. Durante todo ese tiempo vemos con qué magnanimidad siempre defendió la doctrina de la cual era ministro. Vemos cómo se oponía a todas las contradicciones. Entonces, es así cómo cumplió con su oficio, puesto que había sido enviado como ministro de la Palabra. Pero aquí hay una consideración especial. Es que él tiene que ser el Redentor del mundo. En efecto, él tiene que ser condenado, no por haber predicado el evangelio, sino que por nuestra causa tiene que ser oprimido, realmente hasta las profundidades más extremas, y llevar nuestra causa, puesto que, en efecto, estaba allí en la persona de todos los malditos y de todos los transgresores, y de aquellos que habían merecido la muerte eterna. Puesto entonces, que Jesucristo tiene este oficio, y que lleva las cargas de todos los que habían ofendido mortalmente a Dios, es que ahora guarda silencio. Entonces notemos bien que cuando era preciso que Jesucristo defendiera la doctrina del evangelio y que cuando su oficio y su llamamiento así lo demandaban, él cumplía fielmente con su misión. Pero cuando, guardando silencio, cumplía con su oficio de Redentor, como aceptando voluntariamente la condenación, no era por falta de consideración hacia su propia persona que mantenía cerrada su boca, porque era en nombre nuestro (como ya lo he dicho) que estaba allí. Es cierto que habla (como hemos de ver ahora), pero no es en defensa propia; no es sin encender mucho más el enojo y la furia de los hombres malvados contra él. Es por eso entonces, que no quiso escapar de la muerte, sino que voluntariamente permitió que lo oprimiesen, a efectos de mostrar que se olvidó de sí mismo con el propósito de absolvemos delante de Dios su Padre. De manera que no tuvo consideración de sí mismo, ni de su vida, ni aun de su honor. Todo ello fue hecho para sufrir las vergüenzas y desgracias del mundo, para que nuestros pecados fuesen abolidos y fuésemos absueltos de nuestra condenación.

Luego dice que: "El sumo sacerdote lo conjura por el Dios viviente para que le diga si él es el Cristo, si él es el Hijo bendito,(22) El le responde que así es, pero que verán su rnajestad cuando va sea demasiado tarde," es decir, para ellos, puesto que será para su turbación.(23) Aquí habla nuestro Señor Jesucristo, pero no es para doblegarse como ser humano ante el gran sacerdote y sus secuaces. Más bien lo amenaza para aguijonearlo aun más. Si previamente había estado lleno de malicia y crueldad, esto es para encender más fuego aun. Pero ya hemos declarado que Jesucristo no tenía cuidado de sí mismo y que más bien cumple la comisión de la que se había hecho cargo, es decir, la de ser nuestro Redentor.

Además, realmente tenemos aquí, en primer lugar, a los que desprecian a Dios, a aquellos que están enteramente posesionados por Satanás, que incluso abusarán de cierta apariencia de religión, porque uno bien puede decir que este gran sacerdote está cumpliendo bien su oficio al conjurar a Cristo en el nombre del Dios viviente. Pero a eso son arrojados los hombres una vez que Satanás ha atado sus ojos. Los arroja a tal insolencia que no tienen reverencia ante Dios, no mayor que su vergüenza ante los hombres. En esta respuesta de nuestro Señor Jesús tenemos que notar que quiere declarar tanto a Caifás como a todos los demás que por un breve tiempo él es aplastado de esa manera, pero que ello no reduce su majestad, sino que siempre será considerado y reputado como el único Hijo de Dios. Sin embargo, aquí tiene una consideración más elevada aun. Y es que podamos estar seguros de que habiéndose humillado de esa manera para nuestra salvación, nada se ha perdido de su majestad celestial, sino que estuvo dispuesto a ser oprimido así delante de los hombres, para que tengamos la plena certeza de que seremos hallados honorables delante de Dios porque todas las vergüenzas que podíamos haber merecido serán abolidas. Puesto entonces que nuestro Señor Jesús guardó silencio y no se defendió a sí mismo, nosotros ahora podemos abrir nuestras bocas para invocar a Dios como si fuésemos justos. El incluso es nuestro abogado que intercede a favor nuestro. Entonces, cuando nuestro Señor Jesús renunció a toda defensa era para interceder con plena libertad por nosotros delante de Dios su Padre, aunque no éramos nada excepto pobres gusanos. En nosotros no hay sino toda miseria. Sin embargo, tenemos acceso a nuestro Dios para invocarlo privadamente y aferrarnos abiertamente a él como a nuestro Padre.

Esto es lo que quiere mostrar cuando dice: "Después veréis al Hijo del Hombre sentado a la mano derecha del poder de Dios." Entonces tenemos que desechar toda consideración que podría escandalizamos cuando vemos que nuestro Señor Jesús fue escandalizado de esa manera. De manera que miremos a lo que fue el final de ello, Entonces, lo que él quiso era ser condenado sin ninguna resistencia para que nosotros podarnos presentamos ante el trono del juicio de Dios, y que lleguemos allí con toda libertad, sin ningún temor. En resumen entonces, aprendamos a que cada vez que se nos relate la historia de la pasión gimamos y suspiremos viendo que el Hijo de Dios tuvo que sufrir tanto por nosotros, de manera que temblemos ante su majestad, hasta que esta aparezca ante nosotros. Estemos tan convencidos que cuando él venga en efecto experimentemos el fruto de lo que él adquirió para nosotros mediante su muerte y Pasión. Además, tengamos temor de ser contados con aquellos a quienes amenaza diciendo: "De ahora en más ustedes le verán. Porque es preciso que los malvados y reprobados sientan cuán terrible es el trono del juicio de Dios y cuán grande su poder para derribarlos cuando él se levante contra ellos. Cuando San Pablo también quiere hablar de la condenación que soportarán los que son malditos por Dios, afirma que ante su infinita majestad estarán temblando atemorizados por su mirada.

Siendo esto así, aprendamos a humillarnos delante de nuestro Señor Jesús. No esperemos hasta ver con el ojo la majestad que él exhibirá en su segunda venida, en cambio contemplémoslo hoy por fe como a nuestro Rey, y como a la Cabeza de los ángeles y de toda criatura, y recibámosle como a nuestro Príncipe soberano. Atribuyámosle el honor que le pertenece, sabiendo que habiéndonos sido dado para sabiduría, para redención, para justicia y santidad, por Dios su Padre, nosotros debemos atribuirle toda alabanza reconociendo que necesitamos de su plenitud para estar satisfechos. Seamos prudentes entonces y rindamos este honor a nuestro Señor Jesucristo aunque en el día de hoy todavía no veamos preparado el trono del juicio. Pero contemplémoslo mediante los ojos de la fe y oremos a Dios que quiera iluminarnos mediante su Espíritu Santo a efectos de fortalecemos para invocarle en tiempos difíciles, y que esto nos pueda elevar por encima del mundo, por encima de nuestros sentidos y de todos nuestros temores de tal manera que nuestro Señor Jesús sea magnificado hoy por nosotros de acuerdo a lo que él merece. Entonces, en resumen, eso es lo que tenemos que recordar.

En cuanto a que Caifás y los sacerdotes lo condenaron a muerte, aprendamos a no asombrarnos por la obstinación de los malvados y de los enemigos de la verdad. Actualmente esta doctrina es muy necesaria para nosotros. Porque vemos que los grandes de este mundo blasfeman abiertamente contra el evangelio. Aun en nuestro medio vemos a aquellos que hacen profesión del Evangelio y que quieren ser considerados como personas reformadas y en quienes aparentemente sólo existe el evangelio, sin embargo, condenan como diablos encarnados, e incluso como bestias salvajes poseídas por Satanás, la doctrina del evangelio. No es necesario ir lejos para ver todas estas cosas. De manera que, aprendamos a estar asegurados contra semejantes escándalos, y aprendamos a glorificar siempre a nuestro Dios. Aunque Caifás y todo los suyos lanzan sus blasfemias al aire, haciéndolo en la medida que quieren, y aunque digan que Jesucristo es merecedor de la muerte, es necesario guardar silencio ante semejante asunto, aunque ello sea malo. Aunque entonces contaminen el aire con sus execrables y villanas blasfemias, nosotros, no obstante, aferrémonos a esta voz de nuestro Señor Jesucristo. Si actualmente esta verdad es condenada con tanta falsedad por los hombres, y si es puesta en duda, y falsificada, si ella es depravada, y si la gente le da las espaldas con deliberación, ella es suficientemente poderosa para sostenerse por sí misma. Esperemos con paciencia hasta que él aparezca para nuestra redención. Entre tanto, aprendamos todos nosotros a humillarnos, y a darle toda la gloria puesto que él estuvo tan dispuesto a doblegarse, en efecto, de despojarse a sí mismo de todo para nuestra salvación.


Ahora inclinémonos en humilde reverencia ante la majestad de nuestro Dios.

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* *Procedente de: Corpus Reformatorum, Calvini Opera, Vol. 46, pp. 859 873. (1)Il a le cerveau bouillant.

(2)En humanite el marsuétude. Sería provechoso que alguien hiciera un estudio cuidadoso de lo que Calvino quiere decir con humanité. Aparentemente valoró en forma extrema la posibilidad de que la simple bondad humana fuese un medio para testificar de Dios, A pesar de haber sido atacado durante la mayor parte de su vida, tenía aparentemente un espíritu bondadoso. Lat., mansuétude, se ha perdido en el fr. moderno.

(3)Garantir.

(4)Salmo 91:10-12, una paráfrasis sumamente libre.

(5)La primera vez que encuentro Patriarcas. Normalmente Calvino usaba paráfrasis.

(6)Creo que es una vaga referencia a Gén. 24:40, aunque un tanto mutilada.

(7)En Lucas 22:43 es solamente un ángel.

(8)Probablemente Calvino esté reflexionando aquí sobre su propia vida y muerte, como también en la muerte de Jesucristo.

(9) Espirit, espíritu, mente.

(10)Una paráfrasis libre de Lucas 22:53b.

(11)Este párrafo me parece ser superlapsario. Compárese el diagrama de p. 31 y el artículo sobre “Calvinismo” en Benjamín B. Warfield, El Plan de la Salvación (T.E.L.L.). Compárese con pp. 118 125 en Louis Berkhof, Teología Sisternálica (T.E.L.L.).

(12)Exploiter, usado a veces para “labrar” o cultivar.

(13)No es una expiación limitada, sino un sacrificio para la redención de todos nosotros que hemos de ser redimidos.

(14)Nous cuidons.

(15)Nenni.

(16)Puesto que Calvino predicaba extemporáneamente a veces hay leves inexactitudes referidas a puntos secundarios, como en esta lista de personalidades implicadas. Esta costumbre de citar pasajes de memoria pero en términos globales, no afecta, según mis observaciones, sus puntos principales.

(17)Le fruti.

(18)Reprouvée, no permitido, desaprobado.

(19)Le principal fondement, un término más preciso que “piedra angular.” La moderna “piedra angular” no es esencial a la estructura del edificio.

(20)Couleur el fard, maquillaje y cosmético.

(21)Toute plénitude de Divinité.

(22)Beni, un tipo superior de bienaventuranza, que bonheur.

(23)Confusion.

TERCER SERMON SOBRE LA ASCENSION DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Por Juan Calvino

"Entonces los que se habían reunido le preguntaron, diciendo. Señor, ¿restaurarás el reino a Israel en este tiempo? Y les dijo: No os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones, que el Padre puso en su sola potestad; pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra" (Hechos 1:6-8).

Si pudiéramos considerar la debilidad que hay en los hombres mientras están destituidos de la gracia de Dios, habríamos aprovechado mucho. Bajo la palabra "debilidad" incluyo todos 105 vicios e imperfecciones que hay en los hombres; como las de aquellos que son débiles y conquistados fácilmente por todas las tentaciones, como también la rudeza de sus espíritus, siendo corruptos y perversos. Entonces, cuando hayamos considerado estas cosas, tenemos que orar a Dios que lo tenga en cuenta y que remedie esas miserias a las que estamos sujetos. Es por eso que digo que habremos aprovechado mucho cuando hayamos considerado estas cosas. Sin embargo, tenemos que considerar lo que San Lucas declara en este pasaje. Porque él muestra cuán testarudos eran los apóstoles, puesto que durante tres años fueron enseñados escuchando de la boca de Jesucristo todo lo pertinente a su salvación. Aquí veremos entonces que ellos todavía son alumnos nuevos, como si nunca hubiesen escuchado una sola palabra. ¿Por qué? Hasta que Dios no haya corregido esta ignorancia los hombres siempre serán igualmente torpes, algo que debería humillarnos en gran manera. Reconozcamos entonces que debemos haber oído todo lo que se nos ha dicho. Es como si uno se lo hubiera dicho a un tronco hasta tanto Dios haya quitado esta crudeza que hay en nuestra naturaleza corrupta. De otra manera no entenderemos lo que nos dice, porque su palabra excede nuestra capacidad.
En las palabras que pronuncian los apóstoles vemos que ellos tenían esa ignorancia. Porque la pregunta que le hacen a Jesucristo es necia y carente de provecho. Cuando le preguntan si establecerá en este tiempo el reino de Israel, lo hacen únicamente por curiosidad superficial. Después, cuando dicen: "En este tiempo," ellos demuestran que estarían sumamente dispuestos a triunfar inmediatamente sin ningún trabajo. En vez de ser llamados para trabajar en el Evangelio, y de plantarlo a través del mundo entero, ellos en gran manera quisieran no tener que sufrir, sino de ser llenados inmediatamente con todos los beneficios. Aquí hay una falta doble. Luego, cuando dicen: "Reino," todavía siguen en falta. Porque atribuyen a Jesucristo un reino terrenal, y creen que él debiera reinar de la misma manera que los príncipes de este mundo; y ellos creen que siendo los más cercanos a él, serán eximidos de todo dolor y todo mal y que triunfarán por el hecho de recibir grandes oficios y estados. Y cuando agregan la palabra a "Israel," todavía están en falta, porque limitan a Israel la gracia que Dios ha prometido al mundo entero. Vemos entonces que no dicen una sola palabra que no contenga un error.
Además, Jesucristo los amonesta en la respuesta que les da, y aunque no los rechace diciendo: "Ustedes están en falta," no obstante, las palabras que les dice muestran con suficiente claridad que las dice para reprenderlos. Cuando dice: "No os toca a vosotros conocer los tiempos y las sazones que el Padre puso en su sola potestad," los reprende por esta necia curiosidad, porque cuando debían haber preguntado cosas realmente necesarias o quizá útiles, sus mentes están agitadas con curiosidades carentes de valor. Porque tenemos que estar satisfechos con lo que Dios se complace en declaramos; de modo que no hay nada mejor que ignorar aquellos que Dios no nos enseña en la Escritura. Esa es la manera entonces en que él los reprende por esta curiosidad.
Además, cuando les dice: "Recibiréis poder cuando venga sobre vosotros el Espíritu Santo," con ello les muestra que es necio querer ascender tan alto como para inquirir en los secretos de Dios. Porque hasta no haber recibido este poder de lo alto son incapaces pasa ello. Es cierto que habían recibido alguna gracia del Espíritu Santo, pero él les muestra que ciertamente necesitaban más; y que no era tiempo de triunfar, sino tiempo de salir a la batalla; luego verían lo que pasa. Entonces les dice: "Me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea y en Samaria, y en toda la tierra." Es como si Jesús dijera: "Ustedes piensan que yo debería triunfar al modo de los príncipes terrenales, pero mi reino es espiritual." De esa manera corrige el último error de ellos, en cuanto a su pregunta sobre el reino de Israel, diciendo que el Evangelio tiene que ser llevado a Samaria. Porque había gran enemistad entre el pueblo de Judea y el de Samaria, aunque eran vecinos y aunque de alguna manera concordaban en ciertos principios religiosos, como ocurre en el día de hoy entre los papistas y nosotros. Porque tenemos cierto parentesco, ya que nosotros poseemos el Evangelio, y ellos afirman que también lo tienen. De manera que los samaritanos tenían la misma Ley que los judíos, pero aquellos lo habían pervertido todo, como los papistas ahora, y entonces el odio era tanto mayor. Aquí Jesucristo les dice a sus apóstoles que el Evangelio tiene que ser predicado a los de Samaria. Vemos entonces, cómo Jesús los reprende muy severamente por su error, conduciéndolos de vuelta al buen camino.
Además, tenemos que aplicar todo esto a nuestro uso propio. En primer lugar, silos apóstoles eran tan ignorantes, lo cual se percibe aquí con suficiente facilidad, el pecado en cuestión no estaba solamente en ellos sino también en nosotros. Consideremos entonces, como en un espejo, que la predicación que oímos no lo es todo, es necesario que además Dios nos ilumine y nos dé apertura hacia la palabra, para que entre a nosotros, y que abra nuestras mentes para que seamos capaces de comprender su voluntad. De lo contrario seguiremos en nuestra estupidez. Eso es lo que tenemos que notar en primer lugar de este pasaje.
Ahora, en cuanto a los errores comprendidos en la pregunta de los apóstoles, tenemos que considerarlos con la respuesta que Jesucristo les da, y mediante la cual los amonesta y corrige. En primer lugar vemos que los hombres están inclinados a la curiosidad. Lo experimentamos en nosotros mismos. Veamos si estamos acostumbrados, como corresponde, a inquirir en las cosas que nos son necesarias. De ninguna manera. Pero cuando ellas nos son mencionadas por segunda vez, nos parece que no son sino un dolor de cabeza. Y si hay algún asunto difícil, que incluso nos es muy necesario entender, cuando nos han mencionado dos palabras de él ya nos parece que es suficiente. Esta es nuestra inconstancia, que no podemos fijar nuestras mentes en las cosas necesarias. Pero cuando alguien nos cuenta fábulas, mentiras, y cosas carentes de provecho, ¡oh! Nunca estaremos cansados de escucharlas, nos pasamos todo el día haciéndolo. Incluso estaríamos dispuestos a empaparnos los oídos con ellas y pasar así toda la noche. Vemos entonces que la mente humana es tan frívola que no se preocupa en absoluto por las cosas necesarias. Destruye las cosas que le son buenas y provechosas; el solo hablar de ellas le produce retorcijones (como suelen decir). Ciertamente, es aquí donde haríamos bien en emplear toda nuestra vida, es decir, en considerar la gracia que Dios nos ha manifestado, enviándonos a Jesucristo para hacernos sabios. Porque se trata de una sabiduría que se extiende por doquier, tanto arriba como abajo y a todos los costados. Es lo que San Pablo dice a los efesios cuando habla de la longitud, el ancho, la altura y la profundidad, es decir, tan lejos como se puede extender la mente, para que se dediquen a conocer más y más el amor que Dios nos ha manifestado dándonos a Jesucristo su bien amado Hijo. Allí es donde deberíamos dedicar toda nuestra vida. Y sin embargo, si alguien nos habla media hora de ello, nos parece que es demasiado tiempo. Por lo cual vemos que nuestras mentes divagan, y únicamente quieren divagar en cosas inútiles. Se deleitan aquí y se sacian allá, Y cuando se trata de querer confirmar cosas que debiéramos tener por seguras, o quizá si alguien quiere advertirnos cosas que nos sucederán, no podemos aplicarnos a ello, porque nuestra mente se distrae de inmediato, y divaga aquí y allá, y hace castillos en España; y el que tiene riquezas piensa en sus posesiones y fortunas. Por otra parte, aquel que no tiene absolutamente nada, seguirá allá, insensible como una bestia bruta, y no pensará en lo que se dice. Así es como todos estamos manchados con este pecado, y no hay ninguno que ante los ojos de Dios no sea culpable de él. Por eso, viendo que los apóstoles eran curiosos por conocer cosas que de ninguna manera les importaban, no los condenemos por ese motivo. Reconozcamos en cambio que tenemos buenos motivos para condenarnos a nosotros mismos. Porque vemos que este es un pecado tan común, aprenda cada uno a apartar su mente de semejantes fantasías, y no tenemos que darnos premeditadamente a semejantes errores, sino que tenemos que aplicar nuestras mentes a comprender el conocimiento que Dios se complace en ofrecernos de su consejo y a aferrarnos a eso.
De igual manera pesemos cuidadosamente esta palabra: "No os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones, que el Padre puso en su sola potestad." Al decir esto, tenemos aquí una palabra que debería sujetarnos para apartarnos enseguida de toda curiosidad. Ciertamente, aunque nuestra naturaleza nos espolea a continuar, no obstante, tenemos que retroceder y reconocer lo que dijo Salomón: "Aquel que busca los secretos de Dios será oprimido por la gloria." Si buscamos y somos curiosos de esa manera, ciertamente experimentaremos que esto no fue dicho en vano. Reconozcamos entonces que no nos es dado trascender semejante límite. En cambio, consideremos qué es lo que nos prohíbe inquirir: "Lo que el Padre ha puesto en su sola potestad." Aquí uno podría preguntar: ¿Acaso el Padre no ha puesto en su sola potestad el invierno y verano, y el orden de los tiempos y las sazones? SI, entonces aparentemente él quiere decir que no tenemos derecho de inquirir en esto. No, en efecto, porque esto no es todo lo que el Padre tiene en su propia potestad y respecto de lo cual Jesucristo dijo a sus apóstoles que no les correspondía inquirir. Se trata de cosas que en parte Dios se reserva para sí, y cuyo conocimiento esta prohibido para nosotros. Ahora bien, él nos ha declarado cosas que son de acuerdo al orden de la naturaleza, y cómo tiene que hacer frío en el invierno y calor en el verano. Pero si a veces vemos grandes olas de frío en el verano, reconozcamos que esto proviene de nuestros pecados que pervierten el orden de la naturaleza; y que por la enormidad de estos ciertamente merecernos que todo sea pervertido, pero que no obstante Dios no deja de remediarlo. Entonces, puesto que Dios nos ha declarado esto, no se lo ha reservado únicamente para sí mismo. Porque de ninguna manera quiere que pensemos que su poder es un poder excesivo; lo que él quiere que nosotros no sepamos, lo retiene de tal manera que no nos llegue. Entonces, siguiendo esto, Jesucristo dijo: "No es dado a vosotros saber lo que el Padre ha puesto en su sola potestad." Como si dijera: "Confórmense con lo que les declaro, y vivan de acuerdo a ello. Porque si ustedes quieren comenzar a disputar, y a inquirir en lo que él quiere ocultar de ustedes, sólo lograrán ser confundidos, porque él no escatimó nada, para que todo lo que ustedes debían conocer, les pudiera ser declarado." Entonces, si quisiéramos ir más allá de esto, es como si quisiéramos desafiarlo. Esto es lo que tendríamos que notar de este pasaje: los hombres tienen que aprender a controlarse y a refrenarse, para no querer inquirir de ninguna manera en aquello que Dios desea ocultar de nosotros, y a ser diligentes para reconocer e inquirir para conocer aquello que él quiere que nosotros conozcamos. Por lo demás, no estemos ansiosos queriendo inquirir: ¿Y por qué es esto? ¿Y por qué aquello? Guardémonos de semejante curiosidad como de una peste mortal. Todo aquel que no lo haga así solamente hará violencia a su naturaleza. Porque por nuestra naturaleza estarnos inclinados a tales necedades, como es el dejar lo principal que es necesario para nosotros y entonces, divertirnos con lo que no es ni necesario ni útil, sino una necia curiosidad, como cada uno lo demuestra en su lugar. Por ejemplo, aquí tenemos el Evangelio, que es una fuente de toda sabiduría, y que nos enseña a confiar en Dios, y a tener nuestro refugio invocándole por su intermedio, para que podamos luchar contra nuestros deseos camales, para ser totalmente conformados a él y para obedecerle. Eso es lo que nuestro Señor espera de nosotros, inclusive por medio de toda la Escritura. Ahora bien, nos parece que esto es demasiado poco, y cada uno quiere introducirse a tientas en cosas que Dios quiso ocultar de nosotros. Nosotros queremos controlar a nuestro Señor, y creemos que hubiera sido mejor si hubiera hecho las cosas de otra manera. Esto es lo que nos pasa. También dije que si queremos practicar esta enseñanza y de ninguna manera ser curiosos, cada uno de nosotros tiene que controlar su naturaleza, puesto que ella nos impulsa a esas fantasías. Entonces, el hombre no está satisfecho con considerar a Dios en la creación del mundo, aunque considerando las obras de Dios hay lo suficiente para estar satisfechos. Pero, ¿qué ocurre? Los hombres dejan las obras de Dios, inclusive las que ha hecho para nuestra redención (y esta es una obra que excede toda longitud, ancho, y altura), y quieren saber por qué Dios ha hecho semejante esfuerzo para crear al mundo, puesto que hace menos de siete mil años que el mundo fue creado. Pero notemos que Dios, antes de crear al mundo, designó al infierno para poner en él a personas tan curiosas. Y con buenos motivos. Porque además de constituir una curiosidad reprochable el introducirse en semejantes pensamientos, ¿no es acaso una audacia el levantarnos contra Dios levantándonos contra su obra, como que ella no nos pareciera buena? Por eso, entonces, es que tenemos que estar satisfechos con cosas que Dios ha puesto en nuestro entendimiento. Pues, aunque dedicáramos toda nuestra vida para contemplarlas, sin embargo, no tendríamos tiempo suficiente para comprender siquiera la más mínima parte de ellas. Y que cada uno sepa que tiene que obedecer lo que ha dicho Jesucristo, es decir que no debe inquirir en aquello que el Padre ha reservado para sí, esto es, en aquellas cosas que no están declaradas en su palabra.
Mediante esto vemos que él nos muestra nuestra incapacidad, la cual confirma aun más con lo que sigue diciendo: "Pero ustedes recibirán el poder del Espíritu Santo cuando venga sobre ustedes, y entonces serán más capaces de entender lo que Dios les declara." Con esto Jesucristo nos amonesta que es una temeridad inquirir más allá de lo que Dios nos declara. Porque es como si quisiéramos volar por encima de las nubes, a pesar de no tener alas; por lo tanto, si recociéramos nuestras limitaciones nos cuidaríamos de ir tan lejos como estamos acostumbrados a hacerlo. Y tenemos que notar cuidadosamente que él dice: "El poder del Espíritu Santo viniendo sobre ustedes," que es como si dijera: "Pobres bestias, reconozcan lo que son. ¿Porque qué es la mente de ustedes para comprender cosas tan elevadas? ¿Cómo podrán penetrarías? Entonces, aprendan rápidamente a humillarse y a conocer su ignorancia, y aprendan a orar a Dios." En resumen aquí tenemos una advertencia general de que, si bien Dios nos permite nuestros sentidos naturales, no obstante somos extremadamente brutos. Y no costaría nada convertirnos en testarudos, y por las Escrituras no entenderíamos nada, aunque ellas nos fuesen explicadas muy detalladamente. Esta inteligencia, entonces, tiene que provenir de Dios quien nos la da por medio de su pura bondad. Porque si bien tenemos la Escritura y ella nos es expuesta, es como que alumbrase el sol, pero todos nosotros somos ciegos. ¿Qué queda entonces, sino que oremos a Dios que él pueda aliviar nuestra ignorancia?
Vengamos al segundo error. Es que ellos querían triunfar enseguida y después vivir placenteramente sin ningún dolor. Ahora bien, este pecado está en todos nosotros, porque no existe ninguno que no quiera reinar con Jesucristo en aquella salvación eterna que él nos ha prometido. Sin embargo, cuando alguien nos habla de llevar la cruz de Cristo, y de entrar en combate contra Satanás contra el mundo, y aun contra nuestra propia naturaleza, ciertamente quisiéramos retirarnos de la tarea. Además, debiéramos ser cuidadosos para notar este pasaje: si queremos ser partícipes de los beneficios de Jesucristo, ahora tenemos que poner manos a la obra. ¿Queremos tener victoria con él? Luchemos puesto que estamos en tiempo de guerra. Si queremos ser partícipes de todos sus beneficios, tenemos que soportar las dificultades que él permitirá que nos sobrevengan en este mundo. Esto es lo que dice San Pablo: "Si somos partícipes en sus sufrimientos, también seremos partícipes en sus consolaciones." Vean, ahora que Jesucristo está sentado en el trono de gloria, todo ha sido puesto en su mano. Pero antes de llegar allá, ¿cómo anduvo en este mundo? ¿Qué aflicciones soportó? Fue afligido tanto que su vida parecía miserable. Porque durante todo el tiempo de su vida, no tuvo sino aflicciones y al final soportó la muerte más cruel que se pudo inventar. Lo que es más, aparentemente es abandonado por Dios al permitir que sea condenado así por el mundo. Esto es lo que tenemos que considerar, que si queremos entrar a esta gloria inmortal, es preciso que en este mundo llevemos su cruz. Ahora bien, estaríamos muy contentos en alcanzarlo de un salto, pero no estamos dispuestos a dar un solo paso a través del odio, la burla y las aflicciones. Pero, ¿después de todo? No obstante tiene que ser hecho. Porque no hemos de cambiar el orden que Dios ha establecido; es inviolable. Ciertamente queremos saber lo que ocurre en el paraíso, pero no queremos permanecer en el camino que consiste en que Dios nos ha puesto aquí abajo para ninguna otra cosa sino para que Jesucristo sea servido por nosotros en este mundo, a efectos de que seamos partícipes de su gloria, habiendo luchado con toda nuestra fuerza contra los ataques que habrán sido lanzados contra nosotros para apartarnos de él. Pero querer comprender lo que es hecho en el paraíso, y no permanecer en el camino, es burla. Tenemos que considerar entonces, para qué nos llama Dios, y descubriremos que somos llamados para luchar, y que hay tanta dificultad para elevarse encima de los combates, que no tendremos tiempo para inquirir en cosas que no nos sirven de nada, cosas vanas y curiosas; en cambio la Palabra tiene que ser hallada suficiente por nosotros, porque ella nos muestra el camino que debemos tomar.
Aquí hay dos cosas mediante las cuales Jesucristo corrige la curiosidad de sus apóstoles: les declara que debieran discernir lo que tiene que hacer. Aquí está, digo, por corregir el pecado al cual estamos inclinados: que consideremos lo que Dios nos enseña por medio de su palabra. Porque cuando estemos atentos a ella, se quitará de nosotros el pecado de ser demasiado curiosos y osados. Allí están, entonces, en primer lugar las promesas que les da Jesucristo, "recibiréis el poder del Espíritu Santo," como diciendo: "Confórmense con lo que Dios quiere enviarles." Aprendamos entonces, cuando nuestra naturaleza nos pica a salirnos de los límites, a atenernos a las promesas de Dios, y a reconocer: Aquí es donde tenemos que detenernos. Entonces, estemos satisfechos con esto, y que ello sea todo nuestro alimento y refresco. Luego también están allí los mandamientos de Dios a efectos de saber para qué quiere emplearnos. Cuando sepamos esto no nos quedará tiempo para vagar por el país, veremos en cambio que el camino es suficientemente largo y que en efecto sería necesario volar, si estuviéramos preocupados por hacer lo que nos manda. Será más fácil entender esto cuando sepamos que la palabra de Dios es la medicina para corregir esta curiosidad. ¿De qué manera? Aquí están las promesas que tenemos con respecto a la vida presente, por las que Dios asegura ayudarnos. Jesucristo también nos ha enseñado a pedir por nuestro pan. ¿Pero qué? Esto no es lo principal. Porque ciertamente extiende su mano y alimenta a las bestias brutas. Entonces, para nosotros esta será una cosa demasiado pequeña para ser considerada; lo principal, en cambio, es que gustemos su misericordia, sabiendo que tiene piedad de nosotros pobres pecadores, y que no quiere que perezcamos en nuestras necedades, que más bien nos extiende su mano para rescatamos de ellas. Entonces tengamos confianza en esto. Después él nos llama a la vida eterna con Jesucristo, y nos promete ser unidos a él. Entonces, si tenemos estas promesas, cada uno tiene que dedicarse al ejercicio espiritual, tanto a la noche como a la mañana y esta deber ser nuestra sabiduría Tenemos entonces, sus mandamientos, a los cuales debemos aferrarnos sin contaminamos con supersticiones; y cada uno tiene que negarse a sí mismo, para vivir en todo amor unos con otros, en sobriedad, en castidad, en humildad y en toda honestidad. Cada uno tiene que ser puro y limpio de toda inclinación a la comodidad lujuriosa. Esta es una regla general. Además, cada uno tiene aquí su lección particular. El Padre de una familia debería entender qué amor debe tener hacia su esposa. La esposa debería saber que tiene que estar sujeta a su esposo, y ambos tienen que estar amonestados en cuanto a la instrucción que le deben a sus hijos. Luego, los magistrados tienen aquí su lección. De igual modo, los ministros de la palabra de Dios tienen aquí la suya. En resumen, esta es una perfección de doctrina en todos los respectos, donde cada uno es suficientemente instruido, de manera que ninguno pueda ignorar su deber. Eso es lo que tenemos que notar. Y si cada uno se aplicara a esto como corresponde, ciertamente no tendría tiempo para estar vagando por el país. Además, si somos esa clase de vagabundos, ello es señal segura de que nunca hemos entendido el principio de nuestra salvación, y de qué manera hemos de ser discípulos de nuestro Señor. Y por medio de esto podernos reprender a esta gente curiosa, que hace preguntas, y le podemos decir: "Mi amigo, puesto que haces semejantes preguntas carentes de propósito, aun no has aprendido lo que es tu bautismo. Porque sabrías que tienes que negarte a ti mismo. Pero ahora quisieras que Dios te deje vagar por aquí y allá. Entonces, estudia tus preguntas, y luego ellas serán discutidas durante cien años." Además, debiéramos estar atentos para pensar. Aquí. Donde Dios nos llama. Es decir, que podarnos saber en qué reside la confianza de nuestra salvación. Luego, oremos para que tenga piedad de nosotros, y que también aprendamos a corregir nuestras vidas. Es allí donde debieran apuntar todos nuestros sentidos. Y cuando ocurre que somos distraídos para pensar en esto y aquello, entonces debemos considerar cómo cumplir con nuestro deber prestando atención a nuestras conciencias. Entonces Jesucristo será nuestro médico que seguramente sabrá cómo proveer el remedio.
Siguiendo esta santa enseñanza vamos a inclinamos en humilde reverencia ante el rostro de nuestro Dios.
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SOBRE EL ADVENIMIENTO FINAL DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

Por Juan Calvino


"Porque es justo delante de Dios pagar con tribulación a los que os atribulan, y a vosotros que sois atribulados, daros reposo con nosotros, cuando se manifieste el Señor Jesús desde el cielo con los ángeles de su poder, en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo; los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder, cuando venga en aquel día para ser glorificado en sus santos y ser admirado en todos los que creyeron (por cuanto nuestro testimonio ha sido creído entre vosotros)" (II Tesalonicenses 1:6-10).

Nuestro Señor tiene que aparecer procedente del cielo. Este es uno de los principales artículos de nuestra fe. Su venida no tiene que ser inútil. En consecuencia tenemos que esperar esa venida, esperando nuestra redención y salvación. No tenemos que dudar de ella. Porque ello violaría todo lo que nuestro Señor Jesucristo hizo y sufrió. Pues, ¿por qué descendió a este mundo? ¿Por qué fue vestido con carne humana? Por qué fue expuesto a la muerte? ¿Por qué fue levantado de la muerte y levantado al cielo? Así, que esta venida de nuestro Señor es para sellar y ratificar todo lo que hizo y sufrió para nuestra salvación. Ahora bien, esto debería alcanzar suficientemente para resistir todas las tentaciones de este mundo.
Pero, puesto que somos tan frágiles que no podemos poner fe en lo que Dios nos dice, ahora San Pablo usa otro argumento para confirmarnos mejor en esta esperanza, a la cual nos ha exhortado en la persona de los tesalonicenses. Dios no permitirá que lo desprecien de esa manera quienes rechazan el evangelio, sin tener en cuenta la majestad celestial de Dios. No está dispuesto a permitir que sus criaturas se levanten contra él y lo resistan. Por eso deberíamos estar tanto más confirmados en la esperanza de nuestra salvación, ya que Dios está interesado en ella como si fuera su propia causa. Este es un punto que deberíamos notar bien.
Aunque Dios nos asegura ampliamente su interés en nuestra salvación, nuestra naturaleza está tan llena de desconfianza que siempre dudamos. Pero cuando somos confrontados con la enseñanza de que Dios mantendrá su derecho y que no permitirá que su majestad sea pisoteada por los hombres, ello debería llenarnos de seguridad. Luego es cierto que Dios nos da esta gracia de unir su gloria con nuestra salvación de manera que exista una unión separable entre ambas. Puesto que Dios no puede sino mantener su majestad contra el orgullo y la rebelión de los hombres, ¿cómo no será infaliblemente cierto que nuestro Señor Jesús va a venir para darnos liberación y reposo?
Notemos entonces, que Jesucristo no puede mantener la gloria de su Padre si no se declara a si mismo como nuestro Redentor. Estas cosas no pueden ser separadas. Vemos el infinito amor de Dios para con sus fieles al unirse de tal manera a ellos que, así como no puede olvidarse de su gloria, tampoco no puede olvidar nuestra salvación. Si él emplea su poder para vengarse de aquellos que le resisten, castigará tanto más a aquellos que han afligido injustamente a los suyos. Eso es lo que San Pablo quiere decir cuando afirma aquí que Jesucristo vendrá incluso para tomar venganza de aquellos que no han conocido a Dios ni obedecido su Evangelio. Es como si dijera: "Aquí están tus enemigos que te persiguen. ¿Quieres poner en duda ahora que Dios considera tus aflicciones a efectos de tenerte piedad y aplicar el remedio? ¿Piensas que Dios no tiene en cuenta su propia gloria y que no está dispuesto a mantenerla? Aunque los adversarios te aflijan debido a que sigues el evangelio, Dios, al mantener su propia causa se manifestará como tu protector."
Sin embargo, San Pablo nos da aquí otras amonestaciones que nos son muy útiles. Porque cuando habla de la venganza que está preparada para nuestros enemigos, dice: "Jesucristo vendrá, incluso con los ángeles de su poder y en llama de fuego." ¿Y con qué propósito? Es para confirmar lo que sigue diciendo, es decir, que los enemigos del evangelio surtirán su castigo delante de Dios y delante del rostro de su gracia. Es como si dijera que jamás podremos comprender el tormento de los incrédulos, como que tampoco no vemos la gloria de Dios, porque cuando hablamos de la gloria de Dios sabemos que es infinita. No podemos medirla, mas tenemos que ser capturados por ella de asombro. Así es el horrible castigo preparado para los incrédulos, cuando Dios suelte su poder contra ellos. Porque así como es inestimable su majestad, también su tormenta tiene que ser incomprensible para nosotros. Suficiente con esto.
Además, cuando San Pablo habla de infieles y enemigos de Dios, dice: "No lo han conocido," y que no han obedecido el evangelio, o que han sido rebeldes. Esta forma de hablar implica una doctrina muy útil. Porque si uno pregunta a los hombres si quieren hacer guerra contra Dios, aunque sean muy malvados, dirán que no. Sin embargo, hacen todo lo contrario a lo que profesan, puesto que no están dispuestos a estar totalmente sujetos al Evangelio. ¿Cómo es posible? Está escrito que no podemos obedecer a Dios excepto por fe. Así lo afirma San Pablo tanto en la Epístola a los Romanos como en el libro de los Hechos. Puesto que la fe consiste en auténtica obediencia, y obediencia como la que Dios demanda y aprueba, se deduce que todos los que no quieren creer el Evangelio son rebeldes contra él, y lo son en la medida en que son capaces de levantarse contra el. Si ellos protestan afirmando que esa no es su intención, los hechos son los mismos. Mediante esto se nos enseña que no podemos servir a Dios si en primer lugar no creemos en el Evangelio aceptando todo lo que contiene para humillarnos. En resumen, la fe es el principal servicio que Dios espera de los hombres. Es cierto, no obstante, que hemos de notar que la fe no es simplemente asentir con la mente lo que se nos enseña, sino que también tenemos que traer el corazón y los sentimientos. Porque no debemos aceptar únicamente con la boca y la imaginación lo que se nos dice, sino que la enseñanza tiene que ser impresa en el corazón, y debemos saber que no se nos permite oponernos a nuestro Dios. Al contrario, queremos seguir la doctrina ofrecida con un auténtico deseo. La fe entonces, proviene del corazón, donde tiene su raíz, y no consiste únicamente y simplemente de conocimiento. Porque si solamente estuviéramos convencidos de que el Evangelio es una doctrina razonable, aunque realmente no nos agrade, y que quizá incluso nos disguste y enoje, ¿ acaso eso sería obediencia? Ciertamente, no.
Aprendamos entonces, a efectos de obedecer a Dios, a no solamente considerar como buena y santa la doctrina del Evangelio, sino a amarla y a unir reverencia con amor conforme a lo que David dice en la ley, que él la halla más dulce que miel y más preciosa que oro y plata. Entonces tenemos que considerar preciosa la doctrina del Evangelio, y tenerla en gran estima, más que todas las cosas que puedan parecernos dulces y dignas de amor. Cuando lo hacemos así, Dios aprobará nuestra obediencia. Ese es el servicio peculiar que él espera de nosotros. De lo contrario, será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será en vano que hagamos esto o aquello, todo cuanto intentemos será abominación delante de Dios, mientras no hayamos creído en el Evangelio.
En esto vemos cuán miserable es la condición de los papistas. Ellos mismos se atormentan más y más con sus así llamadas devociones. Creen estar bien asidos a Dios. Cuando bromean como lo hacen cuando balbucean sus Padrenuestros, cuando escuchan muchas misas, trotan en peregrinaciones, pagan dinero para hacer su abominación; cuando hacen todo esto creen que Dios tiene que concederles bienes equivalentes a sus méritos. ¿Y por qué entonces? Les falta lo principal que es la fe. Pues, aunque aquellas cosas no fuesen malas, ni contra Dios, sin embargo se volverán frívolas delante de Dios cuando de parte de los hombres son ofrecidas sin fe. Luego vemos que si bien los papistas trabajan confiadamente para servir a Dios solamente aumentan su propia condenación atrayendo aun más la ira de Dios sobre sus cabezas. Tanto es así que aquí se los llama rebeldes contra Dios, puesto que no quieren estar sujetos a la doctrina del Evangelio. Para estar seguros dirán: "Vean, nuestra intención es servir a Dios, y a ese efecto hacemos esto y aquello."
Muy bien. Pero aquí está Dios que le invita. El le demuestra que el único bien que usted tiene está en su pura gracia y misericordia, que solamente en Jesucristo debe usted buscar salvación. El le declara que ha enviado a su Hijo para que usted pueda experimentar el resultado de su pasión, que en el nombre de Cristo y por medio de él serán recibidas y remitidas todas sus deudas, que usted no debe buscar a ningún otro abogado para hallar acceso a su majestad, que usted debería pedir ser renovado por su Espíritu Santo. He aquí nuestro Señor, hablando de esta manera. Ustedes, papistas, ¿qué están haciendo? No hay sino orgullo y presunción en ustedes. Como un toro ataca a todas las promesas que Dios les da y pretenden haber obtenido por sus propios medios lo que solamente puede darles Cristo. Ustedes depositan confianza en sus obras y méritos. Van para buscar patronos y abogados que les parecen bien. Entre tanto, Jesucristo es dejado de lado. No hay fe en ustedes. Le que es peor, ustedes son rebeldes contra Dios, libran una guerra mortal contra él, en vez de servirle y honrarle, como ustedes piensan que lo hacen.
De manera que, entonces, ciertamente tenemos que magnificar a nuestro Dios, porque nos ha rescatado de semejantes profundidades, y nos ha demostrado cuál es la verdadera entrada a su servicio, es decir, el nos une puramente a la doctrina del Evangelio y que recibamos las promesas que él nos da. Además, si percibimos que los hombres son humillados, esa es una auténtica preparación para conducirlos al servicio de Dios, incluso a la obediencia plena y perfecta que Dios aprueba. Ese es, entonces, un punto, que toda incredulidad es rebelión contra Dios, puesto que no hay obediencia a menos que comience por medio de la fe.
San Pablo dice que aquellos que no obedecen el Evangelio de ninguna manera conocen a Dios. Por lo cual vemos que la ignorancia no es una excusa para los hombres, aunque confíen en ella corno en un escudo. Les parece suficiente si no están abiertamente convencidos de haber pecado conscientemente. Afirman que Dios les tiene que perdonar todo. ¿De veras? Pero San Pablo dice específicamente que Jesucristo vendrá para destruir a aquellos que no han conocido a Dios. Comprendamos entonces, que estamos aturdidos y perdidos a menos que conozcamos a aquel que nos ha creado y a aquel que nos ha recibido. En efecto, eso es muy razonable. Porque, ¿porqué nos ha dado Dios sentido y espíritu, si no es para que conociéndolo lo podamos adorar, y para que podemos rendirle el honor que le pertenece. Les hombres quisieran ser estimados y honrados en gran manera, sin importar lo que le suceda a su Creador. ¿Acaso es correcto? ¿Acaso no es contra la naturaleza?
Sin embargo, noten que la ignorancia de los incrédulos no procede de una pura simpleza, sino que hay malicia, orgullo e hipocresía, que los llevan a no tener discreción ni sentido. ¿De qué manera? Porque si pudiéramos conocer a Dios, ciertamente vendríamos para humillarnos delante de él. Porque a los hombres les resulta imposible pensar lo que Dios es realmente, sin ser tocados en lo más Intimo por algún temor de manera de inclinarse ante él. De manera entonces, cuando somos rebeldes contra él, ello es señal de que nunca lo hemos conocido. Porque este conocimiento de Dios es algo demasiado vivo para nosotros como para decir que lo vemos y luego ser obstinados y rebeldes como incrédulos.
Si uno alega diciendo que son ignorantes, ello es cierto. Pero así también son malhechores e hipócritas. Porque, ¿acaso no tenemos todos nosotros suficientes cosas para afirmar que somos inexcusables? Aunque solamente existiera la semilla que por naturaleza Dios puso en nosotros, de manera que contemplando el cielo y la tierra debiéramos pensar que existe un Creador del cual procede todo, no obstante, Dios se revela a nosotros como en un espejo, mostrando su majestad y su gloria, y no existe nadie que no esté convencido de ello. Los más malvados, aunque se hayan mofado de Dios, viéndose en alguna desgracia, se refugiarán en él sin pensarlo. Porque Dios los impulsa a ello para despojarlos de toda excusa, de manera que los incrédulos no son tan ignorantes como para que no haya hipocresía en ellos. Ellos quieren cubrirse, puro cierran sus ojos conscientemente. En ello también hay orgullo y malicia. Porque si quisiéramos honrar a Dios tal como le corresponde, tendríamos una gran ansiedad por inquirir acerca de él y de su voluntad. Entonces, si somos tan cobardes y fríos, ello es señal de que lo despreciamos. Es decir, que no querernos ninguna otra cosa sino ser dejados en las tinieblas. ¿Cómo es posible eso? Porque si nos acercamos a Dios y él nos amonesta por nuestras faltas, deberíamos aprender a estar apesadumbrados por causa de nuestros pecados y a corregimos. Nos conformamos con estar dormidos en nuestros harapos. Así es como evitamos los penetrantes rayos de Dios.
Noten bien entonces, que no es sin causa que los hombres sean castigados, a pesar de su ignorancia. Porque no pueden alegar que fue simple ignorancia, sino más bien hipocresía, mezclada con orgullo y malicia. Es por eso que San Pablo afirma, que aquellos que han pecado sin la ley (es decir, aquellos que no han tenido el conocimiento de la palabra de Dios) también se perderán, agrega que Dios ha grabado una ley sobre el corazón de todos. Aunque quizá no tengamos las escrituras ni la predicación aun así tenemos a nuestra conciencia que debiera servimos de ley, y eso será suficiente para condenamos en el día final. Podremos tener muy bien muchos subterfugios para con los hombres y pensaremos que deberíamos ser eximidos, pero nuestra rendición de cuentas será muy deficiente cuando aparezcamos ante el Juez celestial. Allí veremos que todas nuestras excusas serán frívolas. Notemos bien este pasaje donde se dice que nuestro Señor vendrá para ejecutar su venganza sobre todos aquellos que no han conocido a Dios y que no han obedecido el Evangelio, es decir, sobre todos los incrédulos. De esa manera vemos que la fe es la única puerta a la salvación y a la vida, puesto que Jesucristo tiene que venir para turbar a aquellos que no han creído.
Además, notemos que hasta que Dios no haya iluminado a los hombres, éstos son totalmente ignorantes y ciegos. ¿Y por qué? Porque bien podemos comprender todas las cosas del cielo o de la tierra, pero hasta no haber conocido a Dios, ¿de qué nos sirve? No vamos a conocerlo hasta que él no nos ilumine por medio de su Espíritu Santo. Vemos entonces que no seremos excusados por causa de nuestra ignorancia, de modo que ninguno se adule a si mismo o se duerma. Por otra parte, notemos también que cuando hayamos conocido a Dios no es sino razonable que estemos sujetos a él, y que él nos controle, y que su voluntad guíe nuestros pensamientos y sentimientos, y que nuestra fe en el Evangelio debería ser tal que podamos profesar como David que esta doctrina nos es más dulce que la miel y más preciosa que oro y plata. Suficiente en cuanto a este punto.
Además, aquí vemos cómo Dios quiere darnos seguridad en cuanto a nuestra salvación. Porque si Jesucristo va a venir para tornar venganza de todos aquellos que no han creído el Evangelio, sino que lo han resistido, podemos y debemos deducir que el mundo será juzgado únicamente conforme al Evangelio. Ahora se nos dice que cuando en auténtica fe hayamos recibido las promesas de Dios no debemos dudar de su bondad ni de su amor hacia nosotros, ni dudar de que Jesucristo hará bien lo que nos ha ofrecido para nosotros y nuestra redención. Entonces, todos aquellos que creen en el Evangelio se pueden jactar sin ninguna duda de que Jesucristo vendrá como Redentor de ellos. Dios nos da esta certeza, siempre y cuando no rechacemos ese don.
En cuanto a lo que San Pablo dice aquí del poder y de la gloria de Jesucristo, es para indicar que su venida será tanto más terrible para todos los incrédulos y rebeldes. ¿Acaso es poca cosa cuando dice que Jesucristo vendrá en la compañía de ángeles, que vendrá con llama de fuego, que vendrá con una majestad incomprensible, en efecto, para descender con relámpagos contra todos sus enemigos? De manera que vemos aquí que San Pablo quiso amonestar aquí a los incrédulos, por si hubiera algún remedio para ellos, a efectos de advertirles que no sigan siempre incorregibles. Sin embargo, cuando vemos que todos los que son atraídos por Satanás y endurecidos no hacen sino mofarse de todas las amenazas de Dios, saquemos una lección de ello. Y cuando olmos que Jesucristo vendrá en forma tan terrible, permanezcamos de tal manera en temor y bajo control, que cuando Satanás venga para aguijonearnos a lisonjearnos para dejar de obedecer el Evangelio; quizá pensemos en decimos a nosotros mismos: "¿Adónde vamos? ¿A qué perdición? ¿Acaso estamos invocando contra nosotros a Aquel a quien es dada toda majestad, dominio y gloria para arrojar al abismo a todos los que a él se oponen?" Si pensáramos en esto ciertamente seríamos retenidos de tal manera que todos los deseos de nuestra carne y todas las tentaciones del mundo no podrían hacer nada contra nosotros.
Sin embargo, San Pablo ahora también quiso comparar la primera venida de nuestro Señor Jesucristo con la segunda. ¿Por qué es que los malvados y lo que desprecian el Evangelio se levantan tan osadamente de manera que los vemos enfurecidos y fuera de control? Es porque oyen que Jesucristo, estando aquí en este mundo, tomó la condición de un siervo, que incluso se despojó de todo a si mismo, como lo dice San Pablo, al extremo de llegar a esta muerte que era vergonzosa y llena de desgracia. Aunque los enemigos de Dios no conocen a Jesucristo sino en esta debilidad, ellos la usan como oportunidad para blasfemar contra él con semejante furia. Es cierto, pero ellos no consideran que, así como sufrió conforme a la debilidad de la carne, así también fue levantado por el poder de su Espíritu. Desplegó entonces una gloria debajo de la cual todos nosotros, tanto grandes como chicos, deberíamos temblar. Pero, nuevamente, silos incrédulos no conocen cuál fue el poder que apareció en la resurrección de nuestro Señor Jesucristo, escuchen lo que dice aquí, es decir, que él no va a venir para ser despreciado.
Entonces, él vino así, para ser hecho obediente en nuestro nombre, según era necesario para pagar por nuestros pecados. Pero ahora vendrá para ser Juez. El fue juzgado y condenado para que nosotros pudiéramos ser librados delante del trono de juicio de Dios, y para que pudiéramos ser absueltos de todos nuestros pecados. Pero ya no será cuestión de venir en semejante humildad. En ese entonces él vendrá con los ángeles de su gloria. Eso es lo que San Pablo quiso decir afirmando que la venida de nuestro Señor Jesucristo será terrible.
Además, notemos que él agrega aun más: "Vendrá para ser admirado en sus santos" y para ser glorificado en ellos. No es sin causa que San Pablo agrega esta afirmación. Porque, ¿Quiénes somos nosotros para resistir la presencia del Hijo de Dios cuando venga en ardiente fuego y llamas? Cuando él venga con fuerza, más allá de todo entendimiento, ¡ay! ¿no nos derretiremos en su presencia, como la nieve en el sol, y acaso no seremos reducidos a la nada? La sola mención de esta divina gloria de Jesucristo sería suficiente para hundirnos en las profundidades. Pero San Pablo nos muestra que si somos del número de los fieles, y si en el día de hoy creemos el Evangelio, no hay por qué temer cuando aparezca Jesucristo, ni atemorizarnos por la majestad que entonces resplandecerá en él. ¿Y cómo es eso?
Porque vendrá (dice él) para ser glorificado en sus santos y ser admirado en ellos. Como diciendo que lo que dijo arriba de fuego y llama, lo que mencionó de terror y temor, no es para desanimar a los creyentes como para no desear la venida de nuestro Señor Jesucristo ni levantar sus cabezas cada vez que ella les es mencionada. Porque él vendrá para su redención. La doctrina de que nuestro Señor une estas dos cosas es suficientemente común en las Sagradas Escrituras. El vendrá para tomar venganza de sus enemigos, y vendrá para liberar a los suyos. Vendrá para ser Salvador de aquellos que le han servido y honrado, y para derribar y turbar a aquellos que se han endurecido contra él y su palabra. Entonces recordemos bien que esta terrible descripción que aquí se presenta no es para atemorizarnos, sino más bien para alegrarnos porque tal es el amor y gracia de Dios hacia nosotros. Ciertamente, nuestro Señor Jesús vendrá con terrible poder. ¿Y para qué? Para arrojar a todos sus enemigos al abismo, para vengar las heridas, insultos y aflicciones que habremos soportado.
¿Cómo es que somos dignos para que el Hijo de Dios despliegue de esa manera su majestad y se muestre con semejante terror contra aquellos que son criaturas suyas? Ciertamente no lo somos, pero él quiere hacerlo porque nos ama. Como ya he dicho, debemos ser consolados cuando dice que el Hijo de Dios vendrá, y que vendrá con semejante terror y una majestad tan terrible. Porque con esto declara eficazmente el infinito amor que tiene y muestra hacia nosotros, puesto que no escatima a su poder y majestad para vengar todas las heridas hemos soportado. Pero no podríamos regocijarnos en esto hasta no observar lo que San Pablo dice aquí, es decir que nuestro Señor Jesucristo no sólo vendrá para venganza contra sus enemigos y aquellos que se han rebelado contra el Evangelio, sino también para ser glorificado y admirado en sus santos y aquellos que han creído.
Cuando San Pablo agrega esto es como si dijera: "El vendrá para hacernos partícipes en su gloria, para que todo lo digno de honor y reverencia en él nos sea comunicado en ese momento." En resumen, San Pablo declara que nuestro Señor Jesucristo no va a venir para guardar su gloria para si mismo, sino para que sea derramada sobre todos los miembros de su cuerpo. Por eso dice a los colosenses: "Ahora nuestra vida está oculta, pero cuando venga nuestro Señor Jesucristo, será revelada." Entonces, él no viene para tener nada peculiar a si mismo y de lo cual nosotros somos privados, sino más bien para que su gloria sea comunicada a nosotros, no es que no haya tenido siempre preeminencia sobre los suyos, razón por la cual el es la Cabeza de Su Iglesia. En efecto, la gloria que él nos ha comunicado no es para reducir ni oscurecer la suya propia, sino que más bien nosotros tenemos que ser transformados, según San Pablo lo dice a los filipenses. En vez de estar lamentablemente lleno de debilidades como estamos ahora, tenemos que ser conformados a la vida celestial de nuestro Señor Jesucristo.
De manera que San Pablo, al hablar de esa manera, prestó especial atención a la condición de los creyentes, tal como es en esta vida. Porque somos hombres marcados, nos señalan con los dedos; nos sacan la lengua, vemos que los malhechores se mofan de los hijos de Dios. Así que es preciso volvernos despreciables de manera de no buscar nuestra propia gloria en este mundo. Ciertamente, Dios podría hacer que fuésemos estimados por todo si él quisiera, pero él quiere que soportemos esas infamias para que levantemos la mirada y busquemos nuestro triunfo en lo alto. Y, además, ¿seria propio que nosotros fuésemos glorificados y aplaudidos aquí mientras que Dios fue deshonrado? Les malhechores se mofan plenamente de Dios y si les fuera posible incluso le escupirían en la cara. Y nosotros, ¿todavía querríamos ser honrados por ellos? Si quisiéramos eso, ¿no se tendría que decir que somos demasiado cobardes? Continuado con lo que comencé a decir, aunque ahora los fieles son despreciados, algunos se mofan de ellos, otros los oprimen, son despojados de su casa y hogar, y son pisoteados; por eso es que el apóstol nos recuerda el día final, diciendo que entonces seremos admirados incluso como es admirado el Hijo de Dios. Sin embargo, no temamos que la gloria que él pone sobre nosotros falle en atemorizar a nuestros enemigos, de manera que ellos sean puestos por estrado de nuestros pies, según lo dice la Escritura. Pero aquí San Pablo muestra especialmente quienes deberían tener la esperanza de compartir la gloria del Hijo de Dios, y describe el carácter de aquellos que han creído cuando los llama "Les santos." Porque demuestra que (1) los que están entregados a la polución de este mundo no tienen que esperar parte alguna o porción en esta herencia, ni de tener nada en común con el Hijo de Dios. Sin embargo, al agregar "aquellos que han creído" muestra (2) que la fe es la auténtica fuente y origen de toda santidad. Y, en tercer lugar muestra (3) que si tenemos una fe pura y recta no podemos sino ser más y más santificadas. Estos son los tres puntos que tenemos que recordar.
El primero es que si ahora vamos a contaminarnos y a revolcarnos en nuestra suciedad y poluciones, somos cortados del Hijo de Dios y no tenemos que esperar que su venida sea de provecho alguno para nosotros, recordemos por eso lo que dice el profeta: "No anhelen la venida del Día del Señor, porque nos será (sic) un día de terror a asombro y no un día de salvación y gozo. Será un día de crueldad y confusión. Será un día de tinieblas y sombras." Puesto que en ese tiempo había muchos que se escudaban con el nombre de Dios, el profeta les muestra que les costará muy caro. Del mismo modo vemos que actualmente la gente más malvada hace confesión a plena boca y a toda voz. ¿Cómo es eso? ¿Acaso piensan que no tenemos a Dios y que no queremos también ser cristianos tan buenos como otros? Demasiado cierto. Pero son personas corrompidas y llenas de toda impiedad que tienen tanta religión como los perros y los cerdos. Finalmente, cuando son examinados en su vida, se ve que están llenos de deslealtad, que no tienen más lealtad o fe que los zorros; que están llenos de tretas y perjuicios, llenos de crueldad, llenos de amargura contra sus prójimos; que son dados a toda indecencia y ultraje, y todo aquel que les ofrezca más ganará su voto; abren un negocio para defraudar con ambas manos, de manera que no solamente venden su fe sino también su honor delante de los hombres; abren una feria y un mercado para entregarse ellos mismos a toda clase de mal. En resumen, se los ve extremadamente desfachatados y viles, aunque nunca dejan de jactarse de ser algunos de los más avanzados en la iglesia de Dios, de que Dios los ayudará, según ellos creen, como si él estuviese muy obligado a los de su propio tiempo dice: ¿Cómo es eso? ¿De qué se jactan? ¿Del día del Señor? ¿Creen que su venida les aprovechará de algo? No, de ninguna manera. Les será, en cambio un día espantoso, un día terrible y aterrador. Para ustedes no habrá sino terror y estupor." De este pasaje de San Pablo tenemos que recordar que si queremos que la venida de nuestro Señor Jesucristo nos aproveche, y que él pueda aparecer como nuestro Redentor para nuestra salvación, tenemos que aprender bien a dedicarnos a la santidad y que tenemos que ser separados de las contaminaciones de este mundo y de la carne. Suficiente con esto en cuanto al primer punto.
Pero para triunfar en esto notemos que tenemos que comenzar por medio de la fe, lo cual también se deduce de lo que hemos discutido considerablemente. En efecto, la fe es la fuente de toda santidad, como se lo menciona en Hechos 15, donde San Pedro dice que por la fe Dios purifica el corazón de los hombres. Eso se dice para mostrar que por muy hermosos que puedan parecer siempre estarán contaminados e infectados delante de Dios, hasta que él los purifique por medio de la fe.
Ahora bien, por la tercera proposición somos amonestados de que si tenemos auténtica fe, no podemos sino ser más y más santificados. Esto es, somos reformados únicamente para el servicio de Dios, y somos dedicados a honrarle únicamente a él. ¿Cómo es eso? Tan pronto como por la fe agradamos a Jesucristo, él morará en nosotros, tal como lo dice toda la Escritura, y como lo dice especialmente San Pablo. Jesucristo (dice él) habita por la fe en el corazón de ustedes. Les pregunto, ¿acaso no es incompatible que Jesucristo more en nosotros y nosotros todavía andemos en vilezas y cosas inmundas? ¿Creemos que él quiere vivir en un chiquero? Entonces, es preciso que estemos consagrados a él.
Además, él no puede estar con nosotros excepto por medio de su Espíritu Santo. Y ¿Acaso no es él el Espíritu de santidad, justicia y rectitud? Entonces, ¿no sería una mezcla extraña silos hombres se jactaran de tener fe en Jesús viviendo al mismo tiempo vidas disolutas, malvadas, y contaminadas por todas las infecciones del mundo? Sería como decir: "Acepto al sol, pero no su resplandor." Eso trastornaría todo el orden de la naturaleza. Porque es más fácil que venga el sol sin su resplandor que Jesucristo sin su justicia. Notemos bien entonces, no hemos de tomar esta cubierta de hipocresía diciendo que tenemos fe en el Evangelio y que lo creemos con un conocimiento seguro, a menos que nuestra vida corresponda a ello, demostrando que hemos recibido a Jesucristo, y que por la gracia de su Espíritu Santo nos dedica y santifica para obedecer a Dios su Padre.
De manera que no debemos apoyarnos en cosas falsas para usurpar este título de fe, puesto que es algo tan sagrado. Cuidémonos entonces de no profanarlo. Pero si creemos en el Hijo de Dios, mostremos por el resultado que hemos creído en él. También es seguro que él nos hará experimentar su poder. Nos dará la gracia para esperar con paciencia su venida. Aunque en este mundo tengamos que sufrir muchas heridas por su nombre, al final seremos revestidos con su gloria y su rectitud. El nos ha dado la promesa, la fuerza que él nos hará sentir siempre y cuando nosotros la recibamos sin duda alguna.
Inclinémonos en humilde reverencia delante de nuestro Dios.

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